Día de Muertos. La última frase
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Tenemos muchas razones para escribir sobre la muerte, no solamente por esa tradición universal de los humanos de morirse, la que ahora se discute, precisamente por la necesidad de apresurarla, que algunos justifican con el nombre de eutanasia. Otro motivo es la inminente pandemia de la gripa aviar y, por si fuera poco, las próximas elecciones. Mi obsesión es la última frase de nuestra vida y he escrito varios artículos sobre el tema, se las transmito a los lectores para que vayamos tomando inspiración. |
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En primer lugar reconozcamos que todos los mexicanos tenemos una afición inveterada y casi genética por los eslogans. Y no lo digo porque prácticamente estamos en plena lucha electoral, simplemente desde niños aprendemos la historia por frases y así también identificamos a los héroes: “Va mi espada en prenda. Voy por ella”; “La Patria es primero”; “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”; “Los valientes no asesinan”. Ya de adultos los mexicanos utilizamos los eslóganes a la menor provocación. Con ellos llenamos bardas, pintarrajeamos cerros, mantas, piedras; firmamos proclamas, suscribimos oficios. Es más, no sabemos si para iniciar un movimiento o un grupo, buscamos primero la causa o discutimos antes el eslogan. Estoy seguro que si el Tratado de Libre Comercio hubiera dado la facilidad de exportar frases nivelaríamos nuestra balanza de pagos. Todas las frases son importantes, pero la última, la que pronunciamos agónicos, antes de entrar como decían los aztecas a la región sin puertas ni ventanas, es la que más debemos de cuidar y preparar. Ya Shakespeare escribía: “Dícese que la lengua de los moribundos reclama nuestra atención como una intensa armonía: cuando ya quedan pocas palabras, no suelen gastarse en vano, y los que alientan sus palabras con dolor, hablan siempre con la verdad”. Una buena frase en la agonía es capaz de iluminar una vida oscura o llevar a la inmortalidad una ejemplar. La última frase que pronunciamos es como el postre de la comida, puede arruinar el más exquisito menú o salvar dignamente el peor. Por todo esto, como buen mexicano que se respeta me he preparado con anticipación, leyendo entre otras cosas las frases postreras inspiradas en grandes hombres y mujeres. Me aterra la posibilidad de morir diciendo frases improvisadas o chuscas, como la que pronunció el Vizconde de Palmerston en su lecho de muerte: “¿Yo morir señor doctor? Eso sería lo último que haría”. O balbucear tímidamente como esa señora que en su agonía no podía obedecer las indicaciones del galeno: “Perdone doctor, pero es la primera vez que me muero”. Tomemos nuestras precauciones para que no nos pase lo que a Pancho Villa, que con varios tiros en el cuerpo pidió a su acompañante: “No me dejes morir así, diles que dije algo.” La estrella de porno duro Savannah se suicidó en 1994. Su última frase es fría y significativa: “Demasiadas presiones”. Víctor Hugo narró hasta su último aliento: “Este es el combate entre el día y la noche”. La que más me ha conmovido, la que me parece la más hermosa que jamás haya leído, es la que recientemente narró un soldado chileno en su juicio que se le sigue en España. Por los días del golpe contra Allende, detuvo al sacerdote español Joan Alsina, por el “delito” de acompañar a un grupo de obreros contrarios a Pinochet. Lo colocó debajo de un puente para fusilarlo y le quiso tapar los ojos. Alsina le dijo: “¡Por favor! No me pongas la venda, mátame de frente, porque quiero verte para darte el perdón”. El soldado le disparó cuando el sacerdote levantó la mano para bendecirlo.
Publicado en Excélsior | 03 de Noviembre de 2005| |
