Desgracia, México dividido
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La mayor desgracia de todo este torneo de torpezas del desafuero ha sido la división del país. Actualizamos la vieja dicotomía política del país entre conservadores y liberales, revolucionarios y reaccionarios que tantos problemas nos produjeron, desde invasiones, pérdidas de territorio y hasta revoluciones. Resucitamos el viejo pensamiento antagónico de condenados y salvos, buenos y malos, que evidentemente hace incompatibles a la mitad de mexicanos con la otra mitad. En nuestra historia la simplificación de la política había sido superada por el PRI, entonces PNR, formando una alianza de clases y grupos políticos. |
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Ahora los priístas se metieron con el PAN en el mismo platillo de la balanza y dejaron solo a López Obrador en el otro. La pluralidad, que tanto trabajo nos había costado formar, vuelve a empobrecerse con las consecuencias correspondientes: el extremismo y la polarización, enemigos personales de la democracia. ¿Por qué? El radicalismo es por muchas razones el antidemocratismo. Cuando la vida política se reduce a la anacrónica díada de derecha e izquierda, blanco y negro, la primera sacrificada es la razón. La pugna excluyente elimina los matices, los ciudadanos sólo tienen la posibilidad de estar a favor o en contra. La corriente de los que están con el gobierno y con la aplicación de la ley, no pueden admitir a los que a pesar de esta coincidencia, exigen que no se inhabilite a López Obrador. Los que luchan contra el desafuero, no comprenden que esta solidaridad no implique su reconocimiento como candidato presidencial. La crítica y la ponderación no son permitidas en ninguno de esto dos bandos. La polarización vive en un estado de emergencia, en el eterno dilema de todo o nada. El antagonismo es determinista, no hay más verdad que la nuestra, el único camino a la salvación lo marcamos nosotros. Para fortalecer esta posición se tiene que ser catastrofista de tiempo completo: “Yo o el caos”. Esta división de las sociedades obliga a las partes a personalizar la lucha política, pues siguen siendo los hombres o mujeres de carne y hueso, los que mejor pueden aglutinar a las fuerzas. La política se transforma en elemental pelea del viejo oeste, se trata de dos rivales que caminan a encontrarse para buscar su eliminación, pues dos son demasiados en el mismo pueblo. En el maniqueísmo político las instituciones y los partidos pasan a un segundo plano. El terreno es más propicio para las pasiones que para los argumentos. Esta es la atmósfera ideal para los líderes imprescindibles. Ellos encarnan la lucha y la ruptura. El radicalismo político no se lleva con las medias tintas, es decir, la promesa no es de evolución ni de cambio gradual, el paraíso y el infierno es lo que está en juego. Y aquí y ahora. Curiosamente nuestro sistema político se consolidó en el equilibrio y en la moderación. El proyecto económico era la economía mixta, en la que se incluía el capital privado, el social y el del Estado. La ideología era la democracia social o el liberalismo social. De alguna manera la clase política para acceder al poder tenía que ser ambidextra. Esta fórmula conciliatoria quiere ser olvidada. Si el país sigue desgarrado en dos partes, que se excluyen y se pretenden eliminar, tendrá que surgir una tercera vía, pues en las elecciones, como en el ajedrez, el triunfador es quien se apodera del centro del tablero. Sin embargo, lo más probable es que se erija una alternativa oportunista y pragmática que querrá tomar banderas de las dos partes. Es el fascismo, es Hitler diciendo: “Soy el conservador más revolucionario del mundo”. Publicado en Excélsior el 28 de abril de 2005 |
