Cristo. Su mensaje hoy
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Cada año me hago las mismas preguntas y cada año me doy diversas respuestas. ¿Cuál es realmente el mérito histórico de Cristo, capaz de marcar un hito en tiempo de antes de Él, privilegio no concedido a nadie más? ¿Cuál es su aportación y vigencia en el mundo occidental, capaz de vivir en nuestro calendario con su presencia cotidiana? |
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De una cosa no hay duda. Su imagen no es algo rígido o coagulado, sino susceptible de análisis infinitos, por lo que en su palabra todos los humanos podemos rescatar una enseñanza. Durante un tiempo pensé que su valor y trascendencia se encuentran en sus llamados al amor y al perdón. Quizá una de las escenas bíblicas más hermosas es cuando la Magdalena le lava los pies a Jesús y se los besa. La circunstancia no escapó de la suspicacia y del pensamiento morboso, después de todo ella era la pecadora reconocida por la opinión del lugar. Cristo lo percibe y dice: “¿Ves esta mujer? Yo he entrado en tu casa, tú no me has dado agua para lavar mis pies, y ella los ha bañado con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. Tú no me has acogido con un beso, ella, por el contrario, no ha cesado de besar mis pies. Tú no has ungido mis cabellos con ungüento perfumado, y ella ha ungido mis pies con bálsamo. Por esto te digo que le serán perdonados sus pecados porque ella ha amado mucho.” Ahora pienso diferente, obviamente las circunstancias me impulsan a ello. Creo que el mensaje más importante de Cristo lo tuvo que decir de resucitado. Su aparición vivo a los apóstoles es impactante y definitiva, la muerte no había sido capaz de vencerlo, lo que significaba que tenía otra existencia más allá de la corporal. Con ello probaba que realmente era un enviado de Dios. En el momento de la aparición la incredulidad de los apóstoles se transforma, reconocen que Cristo no solamente es el Profeta sino el Mesías. La divinidad que con su poder era capaz de hacerse libre hasta de la muerte. ¿Quién podía resistirse a no querer compartir esta posibilidad de la resurrección si se le seguía en sus preceptos? Recordemos el momento en el que pronuncia las palabras claves. Cristo había muerto, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la tumba estaba abierta y vacía, el rumor corrió rápidamente y algunos discípulos fueron a atestiguar el hecho. Con espanto, incredulidad, terror y escepticismo fue recibida la noticia. Los apóstoles no habían tenido en el proceso ni en la ejecución un comportamiento muy heroico que digamos, Cristo había sido negado, traicionado, abandonado. Reunidos los discípulos se aparece Jesús. ¿Qué decirles? ¿De qué hablarles? ¿De qué juzgarlos? Ninguna amonestación. Sus palabras fueron otras: “La paz sea con vosotros”. El mensaje no es únicamente el triunfo sobre el rencor y el despecho personal, es hacer un llamado contundente para despreciar al miedo, a las incertidumbres. Es convocar el desapego a los afanes, es desear como máximo valor la aceptación de sí mismo, la unidad y armonía con la naturaleza y con el cosmos. No hay pasado, no hay futuro, sólo la paz, la serenidad, como condición para la vida, como principio para dar la justa dimensión a las cosas. Al decir “La paz sea con vosotros”, Cristo reconoce que la paz no es algo natural o inherente a la condición humana, es una potencia, una actitud por la que se debe de luchar; un estado de ánimo que se tiene que construir. No es la paz de los sepulcros, es la paz resultado de un esfuerzo que nos dispone a la felicidad interna, a la acción externa y a la convivencia serena y abierta hacia todos. En fin, estimado lector, que la paz sea con Usted. PUBLICADO EL 17 DE ABRIL DE 2003 | EXCÉLSIOR |
