Cristo, la paz
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Cada año me hago las mismas preguntas y cada año me doy diversas respuestas: ¿Cuál es realmente el mérito histórico de Cristo, capaz de marcar un hito en tiempo de antes de Él, el privilegio no concedido a nadie más? ¿Cuál es su aportación y vigencia en el mundo occidental, capaz de vivir en nuestro calendario con su presencia cotidiana? De una cosa no hay duda. Su imagen no es algo rígido o coagulado, sino susceptible de análisis infinitos, por lo que en su palabra todos los humanos podemos rescatar una enseñanza. |
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Durante un tiempo pensé que su trascendencia se encuentra, quizás, en el cambio total de la visión religiosa, el Yavhé del Antiguo Testamento es tronante, iracundo, hasta rencoroso. Cristo es flexible, tolerante, indulgente. Moisés y sus tablas ponen el acento en lo que es prohibido: no jurarás, no matarás. Jesús opone a los chocantísimos y desagradables “no”, las bienaventuranzas. Sólo por esto merece un lugar especial en la memoria occidental. Pero su reconocimiento se puede deber también a que es, tal vez, el primer líder religioso que hace ostentación de una extravagante amistad con los pobres, los leprosos, los perseguidos, los incurables, los humildes, los pequeños, las prostitutas, los huérfanos, las viudas; los quebrados por la sociedad. Pero quien quita y también considere que lo indeleble de su nombre radique en establecer la unidad íntima e insoslayable de teoría y praxis. Cuando le dijeron: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los senos que te amamantaron”. Él completó: “Bienaventurado más bien aquél que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica”. Y así lo hizo. Ese mensaje de amor y perdón lo vivió ejemplarmente en las peores condiciones de oprobio y humillación. En estos momentos de permanente conflicto, es necesario destacar que el mérito histórico de Cristo es haber representado en el mundo la tregua, el paréntesis obligado en cualquier combate. ¡Cuántos armisticios, cuántas reconciliaciones! Se han iniciado al sólo invocar o conmemorar su nombre. Pero esta grandiosa y divina función, ¿se la hemos atribuido recientemente a Cristo o se desprende clara y objetivamente de su vida y sus palabras? Regresé al texto bíblico y otra vez algo nuevo encontré. Imaginemos la escena. Cristo había muerto, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la tumba estaba abierta y vacía el rumor corrió rápidamente y algunos discípulos fueron a atestiguar el hecho. Con espanto, incredulidad, terror y escepticismo fue recibida la noticia. Los apóstoles no habían tenido en el proceso ni en la ejecución un comportamiento muy heroico que digamos, Cristo había sido negado, traicionado, abandonado. Reunidos los discípulos se aparece Jesús. ¿Qué decirles?, ¿de qué hablarles?, ¿de qué juzgarlos? Ninguna amonestación. Sus palabras fueron otras: “La paz sea con vosotros”. El mensaje no es únicamente el triunfo sobre el rencor y el despecho personal, es hacer un llamado contundente para despreciar al miedo, a las incertidumbres. Es convocar el desapego a los afanes, es desear como máximo valor la aceptación de sí mismo, la unidad y armonía con la naturaleza y con el cosmos. No hay pasado, no hay futuro, sólo la paz, la serenidad, como condición para la vida, como principio para dar la justa dimensión a las cosas. En fin, creo que este mensaje es el que primordialmente ha abierto las puertas a Cristo para su reconocimiento universal. Representa lo máximo que podemos desear a nuestro prójimo. Por ello no me resta más que desearle, estimado lector, que esta Semana Santa y siempre “la paz sea con usted.” Publicado en Excélsior el 24 de marzo de 2005 |
