Edmundo González Llaca

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Cristo. La pasión

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A Gastón García Cantú, con mi respeto y admiración.

La película de Mel Gibson sobre la pasión de Cristo pone el acento en la tortura más que en su mensaje. Lo que me molestó al verla es sentir que director parecía tener el propósito de exhibir una carnicería como objeto de mercadotecnia cinematográfica; vender morbosidad, pornografía sentimental. Aunque en descargo de Gibson lo cierto es que Cristo fue sometido a todo este tipo de agravios.

Desde la detención hasta su muerte, tanto judíos como romanos aplicaron sobre el Nazareno la variedad de torturas identificadas hoy en día. Podría afirmarse que actuaron casi por manual. No escatimaron imaginación en su principal propósito: “quebrar al prisionero”.

Cristo padeció todas las penas físicas posibles sobre los sentidos: hambre, sed, fatiga, calor, frío; daños al tacto, al oído, a la vista, al gusto, al olfato. El gran apologista de la no violencia es amarrado, escupido, abofeteado, apaleado, azotado, pisoteado, tirado, arrastrado, jalado de los cabellos, de las barbas, descalzado, desnudado, jaloneado; obligado a beber agua con sal, mirra y vinagre. Es mantenido en lugares fríos; húmedos y malolientes. En todas las posturas incómodas posibles; la peor, crucificado.

En su cuerpo, un hematoma completo, quedaron señales de golpes dados con la mano abierta, cerrada, con el pie, con palos, lanza, bolas de acero, correas, clavos, espinas, piedras de anillo, lo más probable es que fuera jaspe, especie de mármol. En cifras, lo anterior equivale a más de cien azotes, más de cincuenta salivazos; sólo los jueces del Sanedrín, que pasaron por delante de Cristo uno tras otro escupiéndole el rostro, eran más de veinte. Las espinas de la corona medían entre dos y seis centímetros. La cruz era de aproximadamente dos metros y habrá pesado, fácilmente, más de cincuenta kilos. Los clavos utilizados al parecer fueron catorce.

Hay algo importante que rescata la película. Cristo es un mártir pero no un masoquista. Es decir, no es un héroe, para quien el dolor sea fuente de alivio y hasta de satisfacción. Cristo no es un personaje sombrío. Ama la vida, asiste a las bodas, está con los niños, lo acompañan indiscriminadamente hombres y mujeres. Aprecia y reconoce públicamente cuando la maravillosa Magdalena le lava los pies y se los seca, con su cabello. Esa emoción vital Cristo nunca la pierde a pesar de todo el maltrato sistemático que padece.

Independientemente de que el Galileo supiera su destino, nunca es una víctima pasiva que pareciera gozar con el sufrimiento o corriera presuroso en pos de más violencia. Nada de eso. El Hijo del Hombre como un prisionero moderno plenamente ilustrado, sabe sus derechos y los reclama. Está consciente, por ejemplo, de que nadie puede ser obligado a dar testimonio contra sí mismo. Hoy por hoy, una disposición aceptada en todos los países.

Cuando uno de sus juzgadores le pregunta sobre su doctrina, Jesús le responde: “Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el templo, adonde concurren todos los judíos; nada hablé en secreto. ¿Qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído qué es lo que yo les he hablado; ellos deben saber lo que les he dicho”.

Su hábil y justa contestación saca de quicio a uno de sus alguaciles, que le da una bofetada, diciéndole: “¿Así respondes al pontífice?” Cristo no da la otra mejilla ni se amilana, sino que demanda: “Si hablé mal, muéstrame en qué y si bien, ¿Por qué me pegas?”.

Si la humanidad hubiera profundizado en todo lo que vivió Jesús, se habría avanzado más rápidamente en la lucha por proscribir ese terrible flagelo del mundo: la tortura.

PUBLICADO EL 08 DE ABRIL DEL 2004 | EXCÉLSIOR

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