Cristo, de izquierda o de derecha
Imprimir
|
Enviar a un amigo
|
Si nos sometiéramos a la tarea de tratar de identificar el pensamiento y la vida de Cristo de acuerdo a nuestra geometría política, es decir, si lo tratáramos de identificar de izquierda o de derecha ¿Dónde lo ubicaríamos? En primer lugar, reconozcamos que Cristo auténticamente andaba en otra onda, alejado de las cuestiones humanas y hasta de los vínculos familiares. Cuando una mujer le grita: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los senos que mamaste”. Él responde: “Bienaventurado más bien aquel que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica”. Desatendido de las relaciones personales y las cívicas, su preocupación se centra en la salvación eterna. |
|
A Cristo no le interesan ni la riqueza ni el poder. Auténticamente le valen los ricos, los poderosos, los sacerdotes y los doctores. Esto es una cosa, pero lejos está de que su vida, su obra y su palabra no tengan un mensaje político. Más concretamente: que era un demócrata y de izquierda. ¿Por qué? Para empezar, de acuerdo con la tradición, nace en un pesebre, esto es, desde su origen trata de evidenciar que no hay ninguna paradoja entre la pobreza y su condición de Rey del Universo. Sus discípulos, igualmente son doce personas simples y sencillas. Cristo los capacita para sucederle en la difusión de su mensaje. La democracia reconoce el valor e igualdad de todos los ciudadanos, independientemente de su condición social. La izquierda es la negación del poder plutocrático, del dinero, al que siempre observa con desconfianza El liderazgo tiránico crea un erial a su alrededor, el vacío; el democrático piensa en la sucesión pacífica del poder. Si bien Cristo no sometió a votación a su sucesor, sí se preocupó por una transición que daba oportunidad al nuevo líder a legitimarse ante sus iguales. Cristo quiere estar con los humildes, los pequeños, los afligidos, los quebrados de y por la sociedad. Cristo eleva a los hombres y reclama su igualdad, ante los otros hombres y ante el poder público. Amor a la mayoría, a la igualdad y a la dignidad del ser humano, son rasgos de la democracia. Entra Cristo a Jerusalén -donde lo esperaban multitudes de simpatizantes, curiosos y enemigos- en un burro, no en un corcel o en una carroza lujosa y adornada. El poder democrático y de izquierda es austero, debe rehuir la ostentación y lo superfluo. Cuando uno de sus juzgadores le pregunta sobre su doctrina, Jesús le responde: “Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el templo, a donde concurren todos los judíos; nada hablé en secreto. ¿Qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído qué es lo que yo les he hablado; ellos deben saber lo que les he dicho”. Cristo defiende la libertad de expresión, su derecho de decir y contradecir al poder, rasgos de la democracia. Su hábil y justa contestación saca de quicio a uno de sus alguaciles, que le da una bofetada, diciéndole: “¿Así respondes al pontífice?” Cristo no da la otra mejilla ni se amilana, sino que demanda: “Si hablé mal, muéstrame en qué, y si bien ¿por qué me pegas?” Cristo no responde a la violencia con violencia, exige que se le explique, un demócrata no se conforma con ser razonable, está obligado a otorgar razones. Un demócrata de izquierda escucha a todos y, aunque consciente de las diferencias, da ejemplo de fraternidad. La exigencia a un apego a la legalidad y el llamado al diálogo y a la racionalidad, son esencia del alma democrática. En conclusión, la luz que apareció en Belén hace dos mil años es de amor, pero también de democracia de izquierda. Que a todos nos ilumine. Publicado en Excélsior el 17 de marzo de 2005 |
