Edmundo González Llaca

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Colaboradores, político grande

“Dos cosas, sin duda, me eran absolutamente necesarias:un gran trabajo por mí parte y una buena elección de las personas que pudieran secundarme”. Luis XIV

Nadie duda que el oficio más difícil en la Tierra es mandar, más aún cuando la influencia de las decisiones recae sobre la colectividad entera. El político requiere conocimientos de las más variadas ciencias, desde la historia de su país, sus carencias, sus recursos e instituciones, las fuerzas sociales que exigen cambios, las que se atrincheran en sus privilegios, las presiones del extranjero, etc.

En última instancia, hacer política es conducir los intereses materiales y espirituales de la nación sobre la base de una convicción filosófica, de un proyecto de país que se sostiene y se defiende. Sólo se puede servir públicamente si se cree algo con ardor.

Sin embargo, lejos está el político de realizar puramente un ejercicio intelectual: su vocación lo llama a la acción, al afán casi angustioso de poner en ejecución lo que piensa. En este sentido, la tarea política combina su rango filosófico con exigencias de personalidad y de carácter de sus actores, pues todo proyecto social obliga a deambular en las tareas sacrosantas de la ideología como en los terrenales intereses y ambiciones de las clases y de los grupos.

Ahora bien, en la medida que la actividad del Estado se ha complicado cada día más, el estudio y ejecución de las órdenes recae sobre un mayor número de funcionarios. En este sentido, los pueblos aprecian con creciente vehemencia la capacidad profesional y doctrinaria de sus líderes, pero también su conocimiento de hombres, su agudeza para elegir colaboradores, esos sobre los que recaerá la tarea concreta de la realización. Los que estarán, valga decirlo, en la trinchera, en la barandilla de la administración.

No es por tanto gratuita la preocupación que comentaristas y ciudadanos tienen respecto a la elección que hará Miguel de la Madrid de sus colaboradores. Su proyecto político fue abrumadoramente aprobado en las elecciones y es momento de mostrar aptitud y habilidad para designar las mejores personas que habrán de apoyarlo en su gobierno. Lo lamentable es que, muchas veces, la especulación al respecto se ha reducido frívola y anecdóticamente a barajar los nombres de los posibles secretarios de Estado, en una especie de pronósticos deportivos, sin bolsa que se acumule para el próximo sexenio.

Todos reconocemos lo sabroso de las adivinanzas, pero tal vez se colabore más a la madurez política del país si recordamos las características que Miguel de la Madrid señaló durante su campaña que tomaría en cuenta no sólo para la elección, sino también para el cambio de funcionarios. Criterios que habrán de cotejarse con las futuras designaciones.

Así, el concepto más reiterado por el Presidente electo fue la honestidad de sus colaboradores: “Exigiremos a todo funcionario una honestidad irreprochable y la entrega leal a las tareas públicas”. Junto a la honestidad y la entrega, el nacionalismo y la capacidad. “El nacionalismo de quienes gobiernan es para nosotros una condición insustituible”; y también: “Tomaré muy en cuenta como criterio de selección y remoción de funcionarios su talento para saber administrar los recursos del pueblo”.

Pero los conceptos más trascendentales al respecto, tal vez hayan sido los siguientes: “Asumiré una actitud vigilante respecto a la conducta personal de los funcionarios públicos cuyo nombramiento y remoción sea mi responsabilidad. Me responsabilizaré no sólo de mi conducta personal, sino también de los funcionarios que yo nombre (…) Porque una opinión pública consciente y vigilante, que exija cuentas claras de todas las actividades de sus representantes y funcionarios, es la mejor garantía de avance democrático”.

Con estas afirmaciones se deja la política pequeña de los nombres, de las intriguitas, del “yo no fui”, del “fallan los hombres no las instituciones”, y toda esa serie de argucias que poco valen para el pueblo que sufre las consecuencias. Entramos a la política grande, la que es reflexión pero también acción, y por lo tanto, asignación precisa de responsabilidades. Miguel de la Madrid, no hay duda, asume la propia y la de sus colaboradores. Toca a nosotros asumir la nuestra.

18 de noviembre de 1982

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24 Ene 08 | Política

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