Edmundo González Llaca

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Almas Gemelas, beber vino y seducir

gastronomica.jpg Se bebe vino por las mismas razones por las que se seduce a una mujer. Para recordar, para olvidar, por placer y, sobre todo, para ratificar nuestra condición de “homo sapiens”: beber y seducir para conocer.Las dos actividades comparten la esencia de sus propósitos y también el juicio falso y calumnioso de mucha gente. Lo escribía Ortega y Gasset, “el hombre es el único animal en la tierra que bebe cuando no tiene sed y hace el amor aún cuando no esté en celo”.

Beber vino tiene poco que ver con una necesidad biológica y el acto sexual tiene en la seducción otro propósito que el reproducir.

 

En otras palabras, beber vino y seducir están muy lejos de las urgencias del cuerpo y su acción pertenece más bien a los deleites de la razón y del espíritu, es decir, de la cultura.

Seducir es trascender la fase instintiva del sexo. Hace miles, quizás millones de años, una bestia peluda, que apenas se erguía, era nuestro ta ta ta y rete ta ta ra abuelo que, fatigado de las luchas, los arañazos, las mordidas y golpes bajos que tenía que pagar como tributo para dar gusto a su naturaleza, decidió que no era posible seguir esa vida maltrecha y dolorosa de arrancar los favores corporales. Era tanta la fuerza utilizada, tanta la violencia ejercida, que al llegar al final, vencida la víctima, en más de una ocasión se olvidaba el origen de la lucha o ya no se tenía energía, más que para tristemente retirarse, auténticamente con el rabo entre las piernas.

Era necesaria otra estrategia menos agotante, había que buscar la entrega; la voluntad de la otra para multiplicar el goce. Ese oscuro y desesperado pariente nuestro, decidió otra forma de acercarse a la hembra, tal vez llegar con algunos frutos, quizás ofrecer humildemente una presa o incluso alguna flor. Fue no solamente el primer homenaje del macho a la castidad de la hembra sino el primer disfraz que daba la imaginación al deseo. Ante esta nueva estratagema, la rebelde interfecta quizás sonrió o entornó los ojos. La seducción y la coquetería fueron los que otorgaron el primer título nobiliario a la bestia: la convirtieron, ni más ni menos, en hombre y mujer.

Esa misma imaginación requirió la especie humana para enriquecer la satisfacción del simple apremio de la sed. El beber adquirió un nuevo deleite con el que marcamos nuestra distancia del mundo animal. Ennoblecidos por el placer dejamos la bárbara costumbre de ingerir agua por el arte de beber vino. En Castilla se decía: “Si encuentras vino, bebe vino. Pero si encuentras una fuente de agua fresca y cristalina… bebe vino”.

Beber vino y seducir son dos exhuberancias del cuerpo y del alma que transitan por caminos paralelos; se buscan, se necesitan, se complementan. Las identificaciones más conocidas son su equivalencia en la pasión que despiertan entre los humanos. Lutero escribía: “Quien no ama el vino, las mujeres y el canto será un imbécil toda su vida”. Beber vino y seducir conviven en una existencia donde no se sabe quien es el alcahuete. Shakespeare reconocía que un poco de vino ayuda a los propósitos eróticos, pero en exceso era capaz de anularlos.

Beber vino y seducir sirven para ejemplificar los excesos de la sensualidad sobre la sexualidad. ¿Qué es un gourmet? Un gourmet es una persona a la que se invita a una noche de vino, mujeres y canciones, y lo único que pregunta es: ¿De qué año es la cosecha del vino?

Beber vino y seducir comparten sobre todo la misma esencia, tienen el mismo genoma más allá de lo sensible, son actividades que pertenecen a la esfera sagrada de lo ritual. Son actos vinculados con la celebración más que con la cotidianeidad; con el simbolismo y lo intelectual, más que con lo espontáneo y natural.

Desde el principio, una botella antes de beber debe ser acariciada, decía alguien por ahí, como si se tratara de la pierna de una corista. No es posible que tenga un taparrosca, nueva herejía de la modernidad, sino que debe ser un corcho; no sólo por la ceremonia del descorchar, sino porque al final no es lo mismo oler o chupar una tapa metálica, que ese tejido vegetal que anuncia con humildad y sutileza el líquido que nos espera.

Corcho y no taparrosca, porque en la seducción y en el beber vino la higiene es buena, pero no es un imperativo que esté arriba del sabor o las oscuridades viscosas del sexo.

Corcho y no taparrosca, porque el ritual lo primero que desprecia es el utilitarismo del tiempo. El cortejo es el reconocimiento a la trascendencia de lo que solicitamos a una mujer; la consideración que nos merece el tiempo de maduración de un vino, se refleja en la paciencia y en la lentitud para disfrutar lo que bebemos.

Beber vino y seducir no buscan el éxtasis en la velocidad sino en la pausa. La lentitud no solamente ayuda a la profundidad de la experiencia sino que representa su sistema de defensa.
Con la intermitencia al beber tomamos nuestra distancia del placer para no perder el control, seguir la prudencia de los viejos, de siempre beber vino y nunca ser bebidos por él. En la seducción, la lentitud es clave para vencer todos los obstáculos, pero también es la perspectiva para no apresurarse y salvar el peligro de caer en los arrebatos del romanticismo.

Beber vino y seducir comparten los mismos riesgos de sus excesos. Un personaje de mi novela* repite un aforismo popular: “Beber sin emborracharse, amar sin enamorarse y con los ojetes no juntarse”. No nos referiremos a la última conseja, por evidente, y nos concentraremos en las primeras. Efectivamente, quien se emborracha no sabe beber, quien se enamora no sabe seducir. Y lo advertimos no por motivos de salud, de virtud o de conveniencia, sino por simple estética.

Nada tiene que ver el gusto del beber, que requiere de todas nuestra lucidez para reflexionar y descubrir los enigmas de cada vino, con el estado turbulento y la caída grotesca de la embriaguez; nada tiene que ver el gran juego de la inteligencia y de los matices de la seducción, con el vil changazo anímico que nos arrebata la razón del enamoramiento.

Pero también debemos reconocer una verdad de a kilo, si hay un buen vino, es necesario beberlo hasta que se acabe; si es una bella y única mujer, vale la pena lanzarse al torbellino del enamoramiento. Después de todo, hay ocasiones en las que es peor pecado no pecar.

* “Guía del Seductor (con un ejemplo práctico)”. Plaza & Janés. 1ª. Reimpresión. México, 2006.

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Artículo públicado en la revista Gastronómica de México en su Edición N° 18; Año 2007.

27 Nov 07 | Almas Gemelas | Leer más | Comments Off

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