Edmundo González Llaca

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Benito Juárez, cuando la perfección hace daño

juarez.JPG Siempre he tenido la duda si Benito Juárez fue primero bronce y mármol, o carne y hueso; si primero fue estampita de trabajo escolar o persona; si lo primero que dijo fue “El respeto al derecho ajeno es la paz”, o mamá o tío, obviamente en zapoteco. Si cuando andaba cuidando a las ovejas se mantenía tan bien peinado; si cuando platicaba con alguien lo veía a los ojos o si siempre se la pasó hablando y al mismo tiempo apuntando con el índice al horizonte. En otras palabras, siempre me ha quedado la duda si Benito Juárez fue realmente un ser humano. Tampoco he logrado explicarme por qué Juárez nunca aparece con siquiera una mirada de satisfacción en algún recorrido triunfal o en una foto del recuerdo, cuando es de los pocos héroes de nuestra historia cuyas gestas tienen un final feliz.

 

La gran mayoría luchó denodadamente por la Patria, pero por equis o zeta razones nunca vieron culminado su esfuerzo. Juárez tuvo ese privilegio y no he visto una fotografía suya, ya no digamos soltando una carcajada, ni siquiera una sonrisita enigmática al estilo de la Gioconda. Al menos un gesto de alegría, de complicidad, que denotara ese sentimiento tan mexicano: “me los fregué”. Ni cuando triunfó la República.

Ciertamente en aquella época tomarse una fotografía era un momento solemne y reírse hubiera parecido una impertinencia no acorde con la trascendencia que imponía la luz cegadora que acompañaba al clic de las cámaras de entonces. Sólo conozco una foto en la que Juárez parece un mexicano más, como uno de nosotros. Está tomada en Nuevo Orleáns, el Benemérito se encuentra sentado en medio de un grupo de personas y está jugando algo. Emilio Cárdenas me dicen que “tute”, un juego de mesa de aquellos tiempos; otros me dicen que dominó. No sé, pero de seguro le habían ahorcado la mula de seises o una desgracia parecida, pues está con el rostro descompuesto y, algo increíble, despeinado. Un mechón desordenado le cae en la frente. Esta es la única imagen de un Juárez desconocido, del héroe siempre perfecto en su atuendo y en su orden personal.

¿Pero cuál sería la preocupación para reflexionar sobre la seriedad de tiempo completo de Juárez y su divorcio con la risa? Uno de los grandes beneficios de la historia es provocar en el pueblo la idea de emular a sus próceres. Resulta difícil estimular la imitación si el ilustre oaxaqueño se proyecta como un ser humano para el que son prácticamente desconocidos los gestos y las reacciones del común de los mortales. Juárez es la conciencia del país, impecable e implacable, objeto de veneración y respeto, pero muy lejano a espuelear la imaginación del común de la gente para ir tras sus huellas. Es una especie de Yahvé zapoteco, que nos persigue con su dedo flamígero al mismo tiempo que nos grita apotegmas. Dan ganas de conmemorarlo, pero que nunca se salga de la agenda cívica.

Tal vez el responsable de esta imagen del Juárez inaccesible e inalcanzable fue el fotógrafo oficial. Todos conocemos esa imagen, un Juárez con el pelo engominado, de quien no sabe de menjurjes y se pone dos poquitos, o del que, consciente de sus características étnicas, sabe de las jugarretas de la hirsuta pelambre. En la foto se observa que la piel es apenas la necesaria para cubrir el hueso; nada sobra, nada cuelga. La frente despejada, el entrecejo sin arrugas; cara forjada para no darle mucho trabajo a los escultores de monumentos.
Las mandíbulas apretadas del hombre acostumbrado al ejercicio permanente del control personal; los labios cerrados de quien está más acostumbrado a hablar consigo mismo que con el exterior. Los párpados levemente hinchados, dejan a los ojos en calidad de rendijas y le dan al rostro un aire oriental e inaccesible.

Sus apologistas dicen que tiene la mirada segura, yo la observo doliente. No tiene la mirada transparente y nostálgica del que sueña. No es la seguridad positiva del autosuficiente, sino del que está decidido a todo, consciente del sacrificio. La firmeza trágica que da la mezcla de la convicción en el destino y la abnegación.

Obviamente en toda la cara de Juárez no se observa ningún espacio donde podamos descubrir que el sentimiento o la alegría hayan dictado al menos un renglón. La risa es flexibilidad, distensión, pérdida de control; su arquitectura es ondulante, la que está divorciada de la rigidez petrificada del rostro del caudillo de la Reforma.

En la famosa foto aparece con el traje negro y la camisa blanca almidonada, no es un indio endomingado, pues no hay ningún guiño de presunción. Es la vestimenta obligada para quien cumple tan altas funciones; se acepta pero no se presume. No tiene el aire del catrín, más bien del que sabe de sus orígenes y acepta el disfraz de la investidura. La corbata de moño le da a la imagen un aspecto de aún mayor seriedad, pero también algo de provinciano, para quien la elegancia es sólo una variable de la disciplina y la penitencia.

La bandera mexicana cruza en el pecho y la leontina, esa pequeña cadena corta de la que cuelga el reloj en el chaleco, es el único adorno. En Juárez todo es rígido, formal, propio, institucional, inflexible, puntual. Ayuno de todo sentimiento y espontaneidad. No en balde hasta Margarita Maza en la intimidad le llamaba: “Señor Juárez”.

Obviamente carecía de sentido del humor. Se dice que en una ocasión Juárez le ofreció a Melchor Ocampo un puro, al parecer después de estar en Nuevo Orléans le quedó la costumbre de fumarse uno de vez en cuando, pues vivió de enroscarlos en esa ciudad. Ocampo vio el puro y en tono de broma le dijo: “No, señor, gracias, por aquello de que indio que fuma puro, ladrón seguro”. Juárez, más serio que Maximiliano ante el pelotón de fusilamiento, le replicó: “En cuanto a lo de indio, no lo puedo negar, pero en lo segundo, no estoy conforme”.

El fracaso del chistorete del creador de la epístola nos hizo quedarnos sin saber si alguien le conoció los dientes a Juárez y no solamente su dentista pues, según se dice, Ocampo se deshizo en disculpas y Juárez ya no le dijo nada.

Pero regresemos al tema, queremos saber por qué Juárez no reía, es más nos gustaría que lo hubiera hecho, porque es uno de los atributos más humanos, lo que eliminaría un poco la distancia entre él y nosotros. Estoy seguro que nos sentiríamos más capaces de imitarlo. Ya le echamos la culpa al fotógrafo, que ya murió y no nos puede replicar. Ahora podemos responsabilizar de esa distancia entre Juárez y el pueblo a los historiadores. Bien sabemos que estos profesionistas se la pasan revisando documentos antiquísimos y haciendo pruebas del carbono catorce, lo que hace que no les dé tiempo para leer los periódicos del día, lo que nos garantiza cierta impunidad.

Los historiadores nos transmitieron una imagen perfecta e inobjetable de Juárez. Toda proporción guardada, ni Cristo ha sido descrito con tal grado de perfección, pues hasta a Él se le reconocen dudas y tentaciones, lo que no ocurre con el de Guelatao. Los mexicanos contamos con un héroe no apto para una película en technicolor, sino para rollos blanco y negro, porque así lo marcaron nuestros historiadores oficiales. Obviamente lo blanco encarnado por Juárez, que significa: lo heroico, la impasibilidad, la abnegación y el patriotismo. Lo negro, que son: los enemigos, los transas, los críticos, los inmorales, los vende patrias.

Los historiadores oficiales, influidos por la cultura “tupperwere” (¿así se escribe?), crearon la imagen de un héroe hermético, sin fisuras, protegido contra el virus de la debilidad y los claroscuros de la condición humana. Esto no funciona ni es creíble, el bicentenario de su nacimiento representa una oportunidad para revisar la historia.

27 Nov 07 | Benito Juárez | Leer más | Comments Off

Almas Gemelas, beber vino y seducir

gastronomica.jpg Se bebe vino por las mismas razones por las que se seduce a una mujer. Para recordar, para olvidar, por placer y, sobre todo, para ratificar nuestra condición de “homo sapiens”: beber y seducir para conocer.Las dos actividades comparten la esencia de sus propósitos y también el juicio falso y calumnioso de mucha gente. Lo escribía Ortega y Gasset, “el hombre es el único animal en la tierra que bebe cuando no tiene sed y hace el amor aún cuando no esté en celo”.

Beber vino tiene poco que ver con una necesidad biológica y el acto sexual tiene en la seducción otro propósito que el reproducir.

 

En otras palabras, beber vino y seducir están muy lejos de las urgencias del cuerpo y su acción pertenece más bien a los deleites de la razón y del espíritu, es decir, de la cultura.

Seducir es trascender la fase instintiva del sexo. Hace miles, quizás millones de años, una bestia peluda, que apenas se erguía, era nuestro ta ta ta y rete ta ta ra abuelo que, fatigado de las luchas, los arañazos, las mordidas y golpes bajos que tenía que pagar como tributo para dar gusto a su naturaleza, decidió que no era posible seguir esa vida maltrecha y dolorosa de arrancar los favores corporales. Era tanta la fuerza utilizada, tanta la violencia ejercida, que al llegar al final, vencida la víctima, en más de una ocasión se olvidaba el origen de la lucha o ya no se tenía energía, más que para tristemente retirarse, auténticamente con el rabo entre las piernas.

Era necesaria otra estrategia menos agotante, había que buscar la entrega; la voluntad de la otra para multiplicar el goce. Ese oscuro y desesperado pariente nuestro, decidió otra forma de acercarse a la hembra, tal vez llegar con algunos frutos, quizás ofrecer humildemente una presa o incluso alguna flor. Fue no solamente el primer homenaje del macho a la castidad de la hembra sino el primer disfraz que daba la imaginación al deseo. Ante esta nueva estratagema, la rebelde interfecta quizás sonrió o entornó los ojos. La seducción y la coquetería fueron los que otorgaron el primer título nobiliario a la bestia: la convirtieron, ni más ni menos, en hombre y mujer.

Esa misma imaginación requirió la especie humana para enriquecer la satisfacción del simple apremio de la sed. El beber adquirió un nuevo deleite con el que marcamos nuestra distancia del mundo animal. Ennoblecidos por el placer dejamos la bárbara costumbre de ingerir agua por el arte de beber vino. En Castilla se decía: “Si encuentras vino, bebe vino. Pero si encuentras una fuente de agua fresca y cristalina… bebe vino”.

Beber vino y seducir son dos exhuberancias del cuerpo y del alma que transitan por caminos paralelos; se buscan, se necesitan, se complementan. Las identificaciones más conocidas son su equivalencia en la pasión que despiertan entre los humanos. Lutero escribía: “Quien no ama el vino, las mujeres y el canto será un imbécil toda su vida”. Beber vino y seducir conviven en una existencia donde no se sabe quien es el alcahuete. Shakespeare reconocía que un poco de vino ayuda a los propósitos eróticos, pero en exceso era capaz de anularlos.

Beber vino y seducir sirven para ejemplificar los excesos de la sensualidad sobre la sexualidad. ¿Qué es un gourmet? Un gourmet es una persona a la que se invita a una noche de vino, mujeres y canciones, y lo único que pregunta es: ¿De qué año es la cosecha del vino?

Beber vino y seducir comparten sobre todo la misma esencia, tienen el mismo genoma más allá de lo sensible, son actividades que pertenecen a la esfera sagrada de lo ritual. Son actos vinculados con la celebración más que con la cotidianeidad; con el simbolismo y lo intelectual, más que con lo espontáneo y natural.

Desde el principio, una botella antes de beber debe ser acariciada, decía alguien por ahí, como si se tratara de la pierna de una corista. No es posible que tenga un taparrosca, nueva herejía de la modernidad, sino que debe ser un corcho; no sólo por la ceremonia del descorchar, sino porque al final no es lo mismo oler o chupar una tapa metálica, que ese tejido vegetal que anuncia con humildad y sutileza el líquido que nos espera.

Corcho y no taparrosca, porque en la seducción y en el beber vino la higiene es buena, pero no es un imperativo que esté arriba del sabor o las oscuridades viscosas del sexo.

Corcho y no taparrosca, porque el ritual lo primero que desprecia es el utilitarismo del tiempo. El cortejo es el reconocimiento a la trascendencia de lo que solicitamos a una mujer; la consideración que nos merece el tiempo de maduración de un vino, se refleja en la paciencia y en la lentitud para disfrutar lo que bebemos.

Beber vino y seducir no buscan el éxtasis en la velocidad sino en la pausa. La lentitud no solamente ayuda a la profundidad de la experiencia sino que representa su sistema de defensa.
Con la intermitencia al beber tomamos nuestra distancia del placer para no perder el control, seguir la prudencia de los viejos, de siempre beber vino y nunca ser bebidos por él. En la seducción, la lentitud es clave para vencer todos los obstáculos, pero también es la perspectiva para no apresurarse y salvar el peligro de caer en los arrebatos del romanticismo.

Beber vino y seducir comparten los mismos riesgos de sus excesos. Un personaje de mi novela* repite un aforismo popular: “Beber sin emborracharse, amar sin enamorarse y con los ojetes no juntarse”. No nos referiremos a la última conseja, por evidente, y nos concentraremos en las primeras. Efectivamente, quien se emborracha no sabe beber, quien se enamora no sabe seducir. Y lo advertimos no por motivos de salud, de virtud o de conveniencia, sino por simple estética.

Nada tiene que ver el gusto del beber, que requiere de todas nuestra lucidez para reflexionar y descubrir los enigmas de cada vino, con el estado turbulento y la caída grotesca de la embriaguez; nada tiene que ver el gran juego de la inteligencia y de los matices de la seducción, con el vil changazo anímico que nos arrebata la razón del enamoramiento.

Pero también debemos reconocer una verdad de a kilo, si hay un buen vino, es necesario beberlo hasta que se acabe; si es una bella y única mujer, vale la pena lanzarse al torbellino del enamoramiento. Después de todo, hay ocasiones en las que es peor pecado no pecar.

* “Guía del Seductor (con un ejemplo práctico)”. Plaza & Janés. 1ª. Reimpresión. México, 2006.

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Artículo públicado en la revista Gastronómica de México en su Edición N° 18; Año 2007.

27 Nov 07 | Almas Gemelas | Leer más | Comments Off

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