Edmundo González Llaca

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Carlos Salinas. Cara dura

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La maldición de un ex presidente, de que el mayor peligro de México era convertirnos en un país de cínicos, parece avanzar en forma tan acelerada como fatal. La entrevista de Carlos Salinas con Denise Maerker, lo coloca por los méritos ampliamente mostrados como cabeza de esta cruzada. Si somos capaces de comulgar con las ruedas de molino de lo que dijo, se convertirá para la clase política en un ejemplo a seguir. Algo tenemos que hacer para que los que mandan no consideren que la opinión pública está formada por puros desmemoriados que observan babeantes la televisión.

El cinismo es el más bajo estadio de la actitud moral. El cínico ha pasado de la desconfianza de los valores, al escepticismo; de la pérdida de la brújula ética, a la aniquilación de la vergüenza. Todo se suma para finalmente rematar en el descaro. El cínico racionaliza sus faltas al grado de gozarlas y presumirlas. Si no recibe apoyo de los demás el cínico se aplaude a sí mismo. Su mejor defensa: todos somos así, desde las élites hasta el más humilde ciudadano; tratar de cambiar las cosas y luchar contra lo irremediable es ser ingenuo. Nada es para tanto. El cinismo es la palabra de presentación en sociedad del vale madrismo. Como esto es demasiado duro, el cínico siempre se disfraza de sinceridad y pragmatismo.

De dónde saca Salinas de que sería “egoísmo” de su parte no compartir sus experiencias en los aspectos tributarios, cuando es sabido y reconocido por él, que fue precisamente Gil Díaz quien sacó adelante todos los aspectos técnicos de los sistemas de recaudación llevados a cabo en su administración. Se necesita tener una cara más dura que La Mole, para decir que su organización no cuenta dinero ni da dinero, después de que han aparecido las imágenes de campesinos que reconocen haberlo recibido.

Para el inmoral existe el mal y el bien, pero prefiere el mal; para el amoral no existe el mal ni el bien, todo le da igual mientras triunfe; para el cínico existen el bien y el mal, pero lo importante es liberarse de la preocupación de distinguirlos. El inmoral está expuesto a que en algún momento lo acose la conciencia de culpa; el amoral no tarda en ser descubierto, pues lo delata su falta de escrúpulos. El gran problema es el cínico, para quien nada de eso es importante o simplemente es intercambiable. Como lo resumía Groucho Marx: “¿No le gustan estos principios? No hay cuidado tengo otros”. Diluida la potencialidad y la dicotomía entre el bien y el mal, el cinismo pavimenta el camino a los inmorales y a los amorales.

Cuando la periodista le pregunta sobre su relación con Ahumada, el ex presidente se indigna que las autoridades judiciales hayan revelado el contenido de una averiguación. Es el asesino serial que se queja ante derechos humanos porque le torcieron el brazo para quitarle el puñal.

El cínico no enfrenta las cosas, incluso ni siquiera argumenta. Utiliza la estrategia del estorbo, parece que no detiene pero ante él las cosas se paralizan. No destruye las relaciones sociales a martillazos; como la humedad, se filtra y termina desmoronándolo todo. La suavidad de su acción y su aspecto inofensivo, evitan el drama y el escándalo que provocaría el derrumbe inmediato.

Salinas asistió a la entrevista, no para responder las preguntas sino para repetir un guión personal y hacer apología de sí mismo. Cuando no le interesaba el asunto, evadía o repetía monocorde: “Política ficción, política ficción”. En fin, Salinas fue un hombre de estrategias diabólicas, ahora parecía de un cinismo apabullante y elemental de diablito de pastorela.

Publicado en Excélsior | 29 de Septiembre de 2005|

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