Brillante propuesta, obviamente mía
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Fuimos muy felices, la gente saludaba en las mañanas; los automovilistas cedían el paso a los peatones; los jóvenes ayudaban a cruzar las calles a gente de la tercera edad y a los discapacitados. Se dice, aunque esto realmente no se ha podido confirmar, que los taxistas manejaban como gente decente. Hasta en la naturaleza parecía repercutir la medida, pues las flores abrían más pronto en los camellones; la brisa esquivaba al polvo y nos pegaba con limpieza y suavidad en el rostro. Los pajaritos estrenaban gorjeos y las lagartijas, con la confianza de no ser agredidas, mostraban sin temor ni pudor sus colores brillantes. ¿Qué provocó tanta felicidad, milagros y celebraciones? La tregua de la propaganda. |
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Muy poco duró nuestra felicidad, unos cuarenta días, lapso en el que se supone que una mujer embarazada queda lista para lo que pudiera ofrecerse. Los mexicanos no tuvimos un embarazo de nueve meses, pero apenas si nos alcanzó la cuarentena para decir: “La vida es bella”. Ha pasado una semana desde que inició la campaña y el saldo es devastador: la avalancha de declaraciones; la tormenta de spots; el horizonte visual invadido; los oídos maltratados; las palabras devaluadas. El tsunami de la propaganda devorando la existencia. La desgracia es lo que nos espera en más de ciento cincuenta días que restan. Todavía existen bardas virginales y espectaculares no cubiertos donde podemos reposar fugazmente la vista. En el radio aún se escuchan algunas otras cosas, además del regurgitar de los voceros partidistas pregonando las cualidades de los impolutos candidatos. En la televisión nos esperan diez mil spots, sí diez mil. Si al final de las elecciones nos hacen un encefalograma, se va a poder confundir con el de Sharon después de su embolia. El problema de la propaganda es que sus mensajes no son golpes secos, concretos. Los llamados a la persuasión son frases generales, inobjetables, vacías. Las neuronas no son obligadas a pensar, sino a perderse confundidas en la bruma de una argumentación que realmente no lo es. Se trata de que perdamos la razón, pero no resultado de un martillazo, sino de miles de almohadazos que apenas nos dejen un espacio de razón para ir babeando a votar. Pero ya casi termino el artículo y no he presentado mi propuesta, contagiado por las campañas de los candidatos ya se me olvidó aterrizar los diagnósticos. Mi propuesta muy puntual es: “Hoy no hay propaganda”. Más trascendental que el “Hoy no circula”, que sólo disminuye el smog y no toda la atmósfera para convertirnos en zombis de los partidos. De lo que se trataría es que todos los presidenciables, durante un día a la semana, no salieran en ningún medio de comunicación ni hicieran ninguna aparición pública. No se preocupen, no los olvidaríamos, permanecerían sus imágenes en los espectaculares, bardas, jardineras y postes. Nos darían tiempo de recuperar el aliento, evitarían el calentamiento neuronal que nos trae al punto del rebuzno y el relinchido. Para ellos también sería un oasis de felicidad. Por un día dejarían de opinar de todo, preguntarían sobre lo que ignoran y olvidarían su papel de sabihondos. En 24 horas no les pondrían sombreros de listones. Ni resistirían la mirada de burla de los indígenas que los disfrazan. Pondrían ver su cara de agotamiento en el espejo y no su risita congelada. Recuperarían el chorro de voz del que ya sólo les queda un chisguetito. El problema es que todos descubriéramos la felicidad y optáramos por solicitar la terminación de las campañas y que mejor el dos de julio se la jueguen en un disparejo. Publicado en Excélsior el 26 de enero de 2006 |
