Edmundo González Llaca

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Autodenigración, nacidos para perder

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Algunos estudiosos de lo mexicano comparten la creencia de que tenemos una tendencia inveterada a la autodenigración. Se explica este sentimiento, entre otros motivos, porque somos resultado de un mestizaje constituido por uniones de hombres españoles con las mujeres indígenas, matrimonio en el que la fuerza, la capacidad y el predominio se identifican con lo masculino; la debilidad, la abnegación y el sometimiento con lo femenino. Así, desde chiquitos admiramos y rechazamos al padre como amamos y nos avergüenza nuestra madre. En consecuencia, nos amamos y nos denigramos como síntesis de esas raíces.

Otros autores afirman que ese sentimiento de inferioridad se originó en el Siglo XIX, cuando una minoría ilustrada volvía sus ojos nostálgicos a todo lo que significaba la civilización europea y rechazaba, o le parecían profundamente sospechosos, los valores nacionales.

Lo cierto es que ese sentimiento de autodenigración, en esta época de crisis, se ha potencializado en forma alarmante. Se cuenta de lo más natural que cuando los habitantes de otros países se quejaban ante Dios de su excesiva magnanimidad en el reparto de riquezas a favor de México, el creador se defendía diciendo que semejante esplendidez se compensaba porque aquí había puesto mexicanos. A este chiste denigrante parecen agregarse, ya en forma cotidiana, frases como “qué otra cosa esperabas con mexicanos”, “México es el único país que está en vías del subdesarrollo”. “¿Cómo estás? Bien, para ser del país”.

Hace unos días fui testigo presencial de un percance de tránsito donde el ofendido repasó toda la nomenclatura de ofensas urbanas a un camionero que en su delfín, permanecía más impertérrito que un yogui en el Himalaya. Lo único que finalmente le provocó las reacciones tan airadas y casi el infarto fue el escuchar de su víctima: “Pareces mexicano”.

Es factible que nuestro sentimiento de desvalorización se haya agudizado a partir del auge y la frustración petrolera. Pregonadas nuestras reservas tanto por los medios de comunicación nacionales como extranjeros, teníamos la impresión de que además de nacer con nuestro barril bajo el pozo, éramos el tío rico del planeta por el que todos se peleaban para ser cliente y amigo. Ahora las devaluaciones y los desaires del FMI parecen remontarnos a la humillación de recordarse mestizo ambicionando ser europeo, de saberse “naco” y sin dólares entre puros ejecutivos transnacionales.

El compromiso de Miguel de la Madrid por integrar como estrategia permanente de gobierno la lucha para erradicar la falta de reconocimiento a lo que somos, ha adquirido, de acuerdo a los últimos acontecimientos, una especialísima relevancia. Pues el problema de minusvaluar lo que somos no se proyecta únicamente en las falsas trincheras de la autoafirmación, tales como el machismo, la susceptibilidad, las majaderías y la violencia.

El mayor problema del desprecio a lo que somos es el desprecio consiguiente a los demás y, por lo tanto, la falta de solidaridad con los proyectos comunes. La autodenigración nos lleva irremisiblemente a la autodestrucción, como la falta de amor a nosotros mismos a la incapacidad de dar. Por eso puede decirse que se avanzará en la superación de la crisis solamente si se erradica el falso nacionalismo del mexiquito, de los mariachis y los tacos mientras se sacan los dólares para remplazarlo por el auténtico nacionalismo que exige la colaboración constante y cotidiana en la construcción de una presente que nos satisfaga y nos comprometa aún más.

Todo esto, con la clara conciencia de que no somos ni el país más importante, rico o simpático del mundo, ni el más retrasado, desorganizado o miserable. Simplemente como todas las naciones, tenemos nuestra propia identidad y en ella queremos encontrarnos y superarnos. No más, pero tampoco menos. Ni invencibles, pero tampoco nacidos para perder.

11 de noviembre de 1982

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