Amor, erotismo y humor
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En un artículo pasado sostuvimos que el erotismo tenía que ver con el humor, por lo tanto no lo encontrábamos en el sexo. La hormona en su estado natural no da cabida a los juegos del espíritu. El sentido del humor tampoco se lleva con el amor. Esta es una de las razones por las que también nado contra la corriente con una tesis que parece darnos profunda satisfacción como país, los mexicanos tenemos un gran sentido del humor. No lo creo, debemos partir de que somos un pueblo enamoradizo y romántico. Imaginemos a cualquiera cantando: “Júrame, que aunque pase mucho tiempo, no olvidarás el momento en que yo te conocí”; o la otra: “Tanto tiempo disfrutamos nuestro amor, nuestras almas se acercaron tanto así…” |
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A alguien se le puede ocurrir alguna broma o chiste ante semejante interlocutor, salvo que se quiera jugar la vida. El humor impregna de relatividad las cosas, les baja el volumen, las pondera. Está peleado con los extremos, de la carne y de la pasión amorosa. A pesar de lo que ahora nos quiera convencer el consumismo, pero el estado amoroso siempre se identifica abiertamente con la perturbación mental. Lo que hoy decimos “lo traen arrastrando la cobija”, en el correr de los siglos tenía nombres más elegantes: “enfermedad de amor”, “locura de amor”, “enfermedad del enamorado”, “amor heroico”, “enfermedad de los héroes”. Y en verdad mucho se necesita de heroísmo para vivir este sentimiento, pues desde siempre los síntomas han sido los mismos. Plutarco (segunda mitad del siglo I) describe los signos de los enamorados (cualquier semejanza con Bush en Japón es una lamentable coincidencia): “les falla el habla, se le van las palabras, se ponen colorados, los ojos se les dan vueltas y de pronto un súbito sudor se apodera de ellos, el pulso les late con fuerza y muy veloz, y finalmente, cuando la fuerza y la energía del corazón les han fallado y muestran todos estos signos, se quedan como en éxtasis y trance, y blancos como un monje.” En general todos los científicos que escriben al respecto coinciden en que el amor es una forma de insania, que se refleja en un estado físico verdaderamente deplorable y una actitud anímica veleidosa e incomprensible. La vida se divierte con el ser humano, cuando entabla la relación más importante de su existencia, sufre un decaimiento corporal que se pone uno como López Obrador cuando escucha hablar de El Encino. Avicena (980-1037) da el siguiente cuadro clínico del enamorado: “los signos son ojos hundidos y secos, sin humedad más que cuando lloran, continuo parpadear, sonrisas como si hubiera visto algo delicioso o hubiera oído algo agradable. Se les perturba la respiración y aparecen contentos y sonrientes, o desesperados y en lágrimas, musitando palabras de amor, sobre todo cuando recuerdan el amor ausente; todas las partes del cuerpo aparecen secas, excepto los ojos hinchados debido a lo mucho llorar y el insomnio”. En fin, lo que debemos tomar conciencia es que el erotismo tiene que ver con la inteligencia, que es lo que reconcilia al sexo con el amor, la carne con el espíritu. Su función de intermediario, el erotismo la ejerce en buena parte con el sentido del humor. En fin, si usted está afligido, pálido, macilento, si su pulso es irregular, si quiere llorar y no puede; si quiere reír y le salen lágrimas; si siente debilidad en las rodillas; si aparece locuaz o triste; si suspira; si gime; si no tiene apetito, ¡felicidades!, está usted enamorado. Pero temo decirle que su amor no es completo, le falta erotismo y sentido del humor, que lo primero que nos dicen es: Nada es para tanto. Publicado en Excélsior el 17 de febrero de 2005 |
