Edmundo González Llaca

  • Principal

Agua de Tlacote, así lo recuerdo

Imprimir Imprimir | Enviar a un amigo Enviar a un amigo

agua-milagrosa.JPG A las nuevas generaciones poco les dice el nombre de Jesús Chahín, no saben que gracias a él hace una docena de años Querétaro fue conocido por la prensa internacional como el pueblo cercano a Tlacote y no Tlacote como parte de los suburbios de Querétaro. Los jóvenes no tienen idea de quién era Chahín, pero les informo que ningún personaje en nuestro país, ha merecido que la televisión estadounidense y mundial le dedicaran programas completos, por los que nuestros políticos o artistas hubieran pagado millones de pesos. A Tlacote vinieron celebridades de todo el mundo, incluso se dice que llegó la estrella del básquet, Magic Johnson, a quien por ese entonces se le diagnosticó como portador del virus del SIDA.

En Tlacote los visitantes hacían colas de kilómetros; dormían en tiendas de campaña, esperaban su turno varios días y más de uno murió en la fila con la esperanza de beber el agua supuestamente milagrosa, que brotaba de un pozo localizado en Hacienda de Jesús Chahín. Llegaban diariamente cerca de cien autobuses de toda la república y venía gente de todo el mundo. Me tocó platicar con turistas que habían hecho el viaje de Alaska y hasta de la Patagonia. La comunidad de Tlacote sufrió un impacto terrible. Tuve la oportunidad de experimentar lo que pudo ser la fiebre de oro en California varios siglos atrás. Hubo una grave deserción escolar en las secundarias, pues los alumnos se dedicaban a cargar agua; los campesinos dejaron la tierra y ponían pequeños negocios en los alrededores de la Hacienda. Se construyeron baños y hasta una carretera para atender y facilitar el acceso. Tlacote y todo lo que generó a su alrededor puso en riesgo la paz social del mismo Estado.

¿Cómo se fue generando el fenómeno Tlacote, página estelar de nuestro realismo mágico, digno de la pluma de Rulfo o de García Márquez? Varias veces escuché a Jesús explicar su historia. Tan simple como el agua y tan penetrante en la mente de la gente como la humedad y que hizo del lugar una leyenda. En una ocasión un perro del rancho, atropellado y enfermo, cayó en el pozo de la Hacienda, lo sacaron cuando estaba a punto de ahogarse. Pronto al perro se le desprendieron las costras que cubrían su cuerpo, se le cerraron las heridas y recobró una energía que lo hacía el más temible del rancho. Varias veces le pregunté a Chahín por el famoso perro, siempre me contestaba con un desdén propio de quien está acostumbrado a los milagros: “Por ahí anda”.

En esos años trabajaba como delegado de la entonces Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, de la que era secretario Luis Donaldo Colosio. Un día me habló por teléfono y me pidió que le llevara un reporte de lo que sucedía en Tlacote, cuya fama ya había trascendido las fronteras. Al final, me dijo: “Y de paso me traes un garrafón”. Nadie escapaba de la curiosidad de beber el agua.

Yo no conocía a Chahín y a Tlacote me llevó un colaborador de la delegación que ya era amigo suyo, Elliud Barrón. Con disgusto fui al lugar, pues mi escepticismo apenas me permitía para enterarme vagamente del asunto por los periódicos. Aquello era una romería entre profana y sagrada, miles de personas hacían cola en la puerta de la Hacienda. Los propios peregrinos, así se hacían llamar, mantenían el orden para que nadie se saltara su turno. Había numerosos agentes de tránsito y vendedores ambulantes pululaban por toda la zona, lo que hacía prácticamente inaccesible la entrada al lugar. Dentro de la Hacienda había otra gran cola; después de pasar varios retenes, llegué a unas oficinas improvisadas. En el centro estaba Chahín rodeado de periodistas, enfermos y funcionarios locales. A todos atendía al mismo tiempo. Cuando después de muchos forcejeos logré aproximarme, dijo con un tono poco amigable: “¿Usted quién es, qué hace aquí y que quiere?”. Era tanto el barullo que opté por entregarle mi tarjeta, la que leyó con atención. Me acerqué y al oído le grité que también era editorialista de Noticias y de Excélsior; agregué en voz más fuerte que respetaba su labor. A grito pelado y sin que viniera realmente al caso, me dijo que no me daría ninguna entrevista. Lo percibí a él tan osco y el ambiente era tan frenético, que opté por retirarme. Cuando caminaba rumbo a la salida me gritó: “Hey güero. Eres el primer funcionario que no viene a pedirme dinero ni a fregarme”. Esbocé una sonrisa de satisfacción y me retiré del lugar en medio de pujidos y empujones.

Se iniciaba el gobierno de Enrique Burgos y Tlacote fue su bautizo, no con el agua, sino casi de sangre. Funcionarios menores complicaron el asunto. Por los periódicos me enteraba que Chahín se quejaba de las autoridades estatales y las acusaba de todo. Circulaban rumores de que el gobierno cerraría la Hacienda, a los que Chahín respondía con amenazas de tomar el Palacio de Gobierno con enfermos y solicitantes del agua. Era un negociador duro y un estratega decidido. Rompió las pláticas y Tlacote se convirtió en una bomba de tiempo, pues su fama y los asistentes de multiplicaban, generando tensiones en la comunidad y focos de infección. Chahín se atrincheró en su propiedad y no dudo en afirmar que era el hombre más buscado de todo Querétaro.

Una noche, estaba por retirarme, cuando mi secretaria me informó que ahí estaba Chahín y que pedía hablar conmigo. Pensé que se trataba de una broma y salí personalmente. Grande fue mi sorpresa al verlo parado afuera de mi oficina, vestido descuidadamente y con una gorra de béisbol. Chahín tenía un ojo muy rojo, producto de un accidente que había sufrido años atrás, creo que jugando golf. Cuando veía fijamente, al más valiente no le dejaba de provocar un grado de incomodidad nerviosa o simplemente miedo. Lo invité a pasar, entre emocionado y confundido, me senté frente a él.

Chahín habló y habló. De todo, menos del problema político, ecológico, sanitario y social, que ya era Tlacote. No necesitaba que le preguntara, él hablaba y hablaba. Cuando tocó temas personales, me atreví a interrogarlo sobre el número de sus matrimonios. Al parecer había estado casado con una hija de Díaz Ordaz. Me contestó que ya había perdido la cuenta. Reí ligeramente, considerando que se trataba de una broma. Así lo percibió y me dio un ejemplo: “Un día estaba en Acapulco con una gringa, estábamos en la cama y me dijo: “Yo llevo la cuenta con los hombres con los que he estado. Y tú eres el número cien”. Chahín continuó su plática: “Yo le dije, eso merece festejarse. Nos vestimos y nos fuimos a casar”. En la conversación Chahín manejaba varias pistas, entre cosas científicas, empresariales, místicas y un montón de cosas que yo consideraba un mundo para mí totalmente irreal. Pero platicaba tan sabroso que confrontar sus inventos y fantasías con algo concreto era casi una herejía.

Borges diría que aquello fue una conversación sensacional en la que yo tuve la oportunidad de intercalar mis silencios. Ya en la madrugada de improviso se paró y se despidió. No pude evitar preguntarle sobre cuál había sido el motivo de su visita. En el umbral de la puerta me comentó que sólo había ido a comprobar una cosa. “¿Qué?” Le pregunté. A lo que dijo: “Tienes buena vibra, eres confiable, te rodea una aura azul”. Apenado le comenté: “Qué lástima, soy del PRI”. Soltó la carcajada. Concluyó: “Si me decido a platicar con las autoridades, quiero que tú seas el intermediario”. Le respondí que sí y que las puertas de mi oficina estarían abiertas.

Tlacote creció en fama interna y externamente. Chahín había resucitado el viejo mito de la humanidad de encontrar la fuente de la salud y la juventud. Agencias turísticas de todas partes, principalmente de la California chicana, ofrecían “tours”, entre históricos, religiosos y médicos. Se recorrían las pirámides de Teotihuacan, La Villa y Tlacote. Para los más pudientes el recorrido se extendía a San Juan de los Lagos. Un día un guía de turistas, no sé si en serio o en broma, me comentó: “Tlacote es más solicitado y conocido que el agua de Lourdes”.

El gran riesgo de Tlacote era la Semana Santa, los más austeros calculaban que llegarían a la Hacienda unas dos cientas mil personas, los más escandalosos, pensaban que serían un millón. Las fricciones entre los visitantes y los habitantes de Tlacote, cuya vida y cotidianeidad se había destrozado, aumentaban. La gente del pueblo, según advertían públicamente, se preparaban para tomar por la fuerza el pozo. Se sabía que Chahín era un magnífico tirador, incluso había ganado en diversos concursos nacionales, y que contaba con una colección de armas de primera, lo que después tuve la oportunidad de comprobar. El coctel era letal por necesidad. Un hacendado, con armas y decidido, contra un pueblo, enfurecido y desesperado.

El problema era cómo iniciar pláticas con Chahín, un polemista feroz, intransigente, valeroso y, lo peor, no parecía importarle nada. No cobraba el agua, la regalaba, todo lo hacía dentro de la ley. No le interesaba el dinero, ni la fama; no temía a sufrir una agresión física, ni menos aún a la cárcel. Era un hombre libre en su vida privada y en su actuación. Lastimado y acosado, había generado rencores, un erizo solitario difícil hasta de ver.

Varios días después de su primera visita estaba en mi oficina. Se abrió la puerta y entró Chahín, obedeciendo con exceso de puntualidad mi ofrecimiento de que mi oficina estaría abierta para él. Sin intercambiar ninguna cortesía, me dijo: “Está bien, voy a negociar, pero quiero hablar con el gobernador”. Con la misma verticalidad que él y sin comentarle nada, levanté el teléfono y hablé con Enrique Burgos. Con la sensibilidad que exigía la dimensión del problema, hizo a un lado su agenda y en cuestión de minutos estábamos en su oficina. Se formó una comisión integrada por mi querido y recordado pariente, ya fallecido, Alfredo Nieto, por Jesús Rodríguez, entonces secretario de Gobierno, el comandante Vega Montoto y yo.

Las negociaciones eran arduas y terminaban cerca de la madrugada, pero siempre sin llegar a nada. Durante todas estas noches pude ver la cantidad de regalos que recibía Chahín. Indiscreto leía las cartas de agradecimiento que le enviaba la gente, donde le llamaba desde santo hasta Dios. Cuando le leía a Chahín lo que le mandaba decir la gente, lo escuchaba con absoluta indiferencia; con semejante desapego, obsequiaba los regalos a la gente que los visitaba. Quiero confesar que en medio de tantos testimonios llegué a creer sobre los efectos curativos de las aguas. Además que yo mismo recibía solicitudes de que les diera agua prácticamente todo el mundo, intelectuales, artistas, diplomáticos, políticos y gente del pueblo. Un amigo doctor me explicaba en forma pragmática la codicia por el agua: “El perdido a todo va”.

En medio de las negociaciones salíamos él y yo a contemplar el cielo, con la única condición de no hablar sobre el agua. De pronto él me decía: “Mira, una nave espacial”; “¿Te fijaste? Pasó un extraterrestre” Cuando volteaba no había nada ni nunca lo hubo. Al principio ante estos inusitados descubrimientos veía a Chahín con azoro y le hacía patente mi estupefacción, después con un dejo de burla que procuraba disimular, finalmente me acostumbré a su mundo. Comprendí que la realidad y la verdad son cosas secundarias y superficiales, ante la contundencia de la fe y lo inagotable de la imaginación.

Faltaban unos cuantos días para que llegara Semana Santa y el acuerdo se veía lejano. Se manejaban varios escenarios ante la posibilidad de que Querétaro, convertido en un polvorín, por la invasión de cientos de miles de enfermos y solicitantes de agua, finalmente explotara. Una noche estuvieron especialmente lúcidos y convincentes, Alfredo, Jesús y Montoto. Lo recuerdo porque era la última reunión en la que había la posibilidad de llegar a una solución negociada y porque yo, agotado, había estado vacío de palabras y especialmente atarantado.

Terminados los argumentos, los cuatro representantes del gobierno, una veterinaria, compañera de Chahín, que no recuerdo su nombre, y el mismo Chahín, estábamos en los sillones de la sala de su Hacienda, entre sentados y acostados. Casi amanecía y el silencio era absoluto, no se podía cortar con un cuchillo porque era de hielo. Todos veíamos a Chahín, entre furiosos y esperanzados. Él sabía que los días santos representaban para Tlacote su consagración, la culminación de un sueño que de seguro había acariciado desde hacía tiempo. Después de un largo rato, el que Chahín parecía disfrutar, se paró y dijo con voz de trascendencia, palabras más, palabras menos: “Yo no quiero dañar a la gente ni al Estado de Querétaro que me recibió. Tlacote es luz y salud. No todo eso que Ustedes dicen que puede pasar. Yo no le veo los riesgos que Ustedes ven, pero por si las dudas los tenemos que prevenir. Desde este momento autorizo a que el gobierno difunda, en todo el país y en el extranjero, que Tlacote cerrará la Semana Santa”.

Nos paramos y nos abrazamos emocionados. Al final, cuando me tocaba felicitar a Chahín, me tomó del brazo y me llevó aparte. Con profunda seriedad me dijo: “El mundo se va a acabar”. Agregó: “¡Y pronto! Los extraterrestres me tienen una nave. Ya les dije que quiero que vengas conmigo y a pesar de que no querían, después de mucho trabajo, los logré convencer”. Yo francamente no estaba para extraterrestres y lo que quería era irme a festejar, lo que significaba simplemente llegar a mi casa y dormir. Me le quedé viendo, sin decir nada, hasta que él me trajo a la realidad, diciendo: “¿Estamos o no estamos?”. A lo que contesté en automático: “Sí, por supuesto, estamos”.

Las negociaciones prosiguieron, ya no con la tensión de la guadaña de la Semana Santa. Yo pensé que eso del fin del mundo y lo de la nave se le pasaría pronto, pero no fue así. Después de terminar cada reunión me hablaba de los preparativos y de las diversas señales que anunciaban el fin del mundo. Yo realmente no le prestaba mucha atención, salvo para hacerle alguna broma disimulada. Un día le dije que yo viajaría sólo, en cambio que él llevaría pareja. Eso francamente no me parecía justo, ni sano ni correcto. Que tenía el peligro de que acabáramos a puñaladas por su compañera, pues yo no estaba dispuesto a guardar voto de castidad, en lugares que de seguro serían muy románticos. Le pedí, gozando por dentro, que me gestionara llevar una pareja. Chahín se quedó pensativo. Yo me esperé llegar a mi coche para soltar la carcajada.

Pasaron varios días para volver a reunirnos. La siguiente vez que nos encontramos, me llevó a un lugar apartado y me comentó: “Buenas noticias”. A mí se me había olvidado, desde la conversación de la nave hasta lo que le había pedido. Le pregunté: “¿Sobre qué son las buenas noticias?” “¿Cómo que sobre qué?” Respondió molesto. Agregó: “Sobre lo de tu pareja. Casi tuve que llorarles para conseguir que a la nave le pusieran otro lugar”. Un poco apenado lo abracé, dándole las gracias y conteniendo una risa que ya casi me reventaba en la cara. Se separó bruscamente y me dijo: “Pero ahora estoy más preocupado que nunca. Tengo dos noches sin dormir. Eres muy pendejo para las viejas y eres capaz de elegir a la peor de tus amigas. Si aquí en la tierra es muy duro vivir con una mala elección, en el cosmos no me quiero imaginar. En fin, nunca te he pedido nada y hoy te lo voy a pedir: Cuida a quien eliges. ¿Estamos o no estamos?” Como zombi le contesté: “¡Estamos!” No sólo la risa, todo el cuerpo se me congeló. Lo que para mí era una broma, para Chahín era algo totalmente serio y profundo. Su generosidad me había vencido y me sentí muy mal conmigo mismo. Nunca más le volví a hacer alguna broma con sus creencias y fantasmas.

A Chahín le vino una obsesión con la gente que vendía agua y no era de su pozo. Me decía que enfermaban a la gente y desprestigiaban al pueblo. Por escrito me pidió que hiciera un análisis de esas aguas, pues estaban contaminadas. Así lo hice y, efectivamente, las aguas estaban exuberantes de bacterias. Él personalmente se encargó de difundir los estudios entre los medios de comunicación. Calculó mal, el temor invadió a los visitantes, que también dejaron de asistir a su Hacienda. Sea por este motivo o simplemente por la pérdida de la fe en las propiedades curativas del líquido, pero con la intensidad y rapidez de una llamarada, como llegó la popularidad del agua de Tlacote, así se apagó. Dejó de ser un problema que interesara. Nuestros encuentros se espaciaron, aunque nos hablábamos de vez en cuando.

Hace unos cuatro años lo fui a visitar. Me esperó en la puerta de su propiedad. Recorrimos todas las obras que había hecho en la Hacienda: el pozo, los tanques que compró para almacenar el agua, las instalaciones que había construido para que se despachara rápidamente. Recorrimos los cubículos de los doctores y las enfermeras, los archiveros llenos de expedientes de algunos de los enfermos que lo visitaban. Todo lo había pagado de su bolsa. Nos sentamos. Él trajo una jarra de agua y me llenó un vaso, con la solemnidad y el ritual de quien sirve coñac. Relajados y ya sin la complacencia que me obligaba la negociación difícil de hacía unos años, le comenté: “¿No te arrepientes de haber gastado tanto dinero? ¿Qué querías de Tlacote? ¿el dinero? ¿la fama? ¿qué pretendías con todo esto? Yo sabía que en tu tierra, Veracruz, habías descubierto una supuesta curación del cáncer”. Chahín que sólo escuchaba atento, en momento que hice mención a lo de su medicina del cáncer, me interrumpió: “Eso fue otra cosa que algún día te platicaré. Tlacote es una agua milagrosa. Además de todos esos gastos que dijiste, traje a un sacerdote azteca que vivió aquí y me hizo por escrito la historia de Tlacote desde la prehistoria. Pero el dinero nunca me importó, aquí en Tlacote no”. Ante mi sorpresa agregó: “Tú no crees en nada de esto”. Y yo que pensaba que lo había disimulado muy bien, mejor agaché la cabeza. Recuerdo que añadió: “Pero la misión que me ha dicho Dios y me la han repetido los extraterrestres, es la de curar a la gente. Lo tengo que hacer para cumplir mi destino y el destino del agua de Tlacote. Me preguntas que ¿qué pretendía? ¿te parece poca la salud de la gente? También quería que Tlacote tuviera un aeropuerto como el de Nueva York; que se acabaran los niños moquientos y llenos de animales en la panza; que se pavimentaran las calles del pueblo; que los campesinos trabajaran en todo lo que iba a producir Tlacote y dejaran el campo que los tiene muertos de hambre. ¿Y sabes qué es lo que más trabajo me ha costado en la vida y por lo que hasta el momento esto está parado? Convencer a la gente que sólo quiero hacer el bien. Nadie tiene confianza en nada. Generar confianza en la bondad de lo que quiero me ha costado más trabajo que despertar la fe en el agua. Pero Tlacote va a resurgir, pronto verás otra vez lleno de gente, gente enferma, pero alegre, que se lleva su medicina gratis. Esto va a estar como cuando lo conociste”. Me pareció verlo llorar.

Durante los dos últimos años nos encontramos incidentalmente en las calles de Querétaro. Nos saludábamos con afecto, prometíamos que nos telefonearíamos para platicar, lo que ninguno de los dos cumplió. Siempre que nos veíamos, al final, al despedirnos, en nuestro código secreto me preguntaba: “¿Estamos?” Yo le respondía: “¡Estamos!”

Hoy hablé desde el DF a mi casa en Querétaro, mi secretaria Olimpia, con ese tono frío y rutinario de quien no sabe los efectos de lo que informa, me dijo: “En la contestadora tiene un mensaje de un Señor Barrón, que se murió un tal Jesús Chalín. Que hoy lo incineran”. Me quedé mudo con el celular en la mano. Se me agolparon todos estos recuerdos. Chahín fue un hombre que en un momento dado le dio más fama a Querétaro por su agua, que por ser “Cuna de la Independencia” o Los Arcos. Fue un hombre brillante y, para mí, indescifrable. Saltaba de un universo a otro, con la facilidad y el descaro de un niño que brinca charcos en un callejón cualquiera. De una cosa sí estoy seguro, si existen otros mundos habitados, si hay extraterrestres, Chahín está con ellos, departiendo y contándoles historias maravillosas. De mi parte le tengo una muy buena noticia, ya no me tiene que preguntar nada: “¡Estamos!”.

También te recomiendo leer los siguientes títulos

  • Corrupción y cónclave. Un nuevo instrumento de presión
  • La agenda. ¡Atrévase!
  • Derecho a la información. ¿Y los recursos?
  • Zoológico. Los Viveros de Coyoacán
  • La trampa: Entre radicalismos
  • Cuauhtémoc Cárdenas. El candidato de la Izquierda
  • Periodismo escrito. Medio en transición
  • Manifestaciones, palabra y poder
  • La corrupción. Sus causas XI
  • La izquierda. El discurso

29 Feb 08 | Miscelánea

5 comentarios to “Agua de Tlacote, así lo recuerdo”

  1. angelica | 8 Julio, 2009 a las 15:00

    me gustaria saber si todavia existe el agua del tlacote tengo una hija que le dio paralisis y le quedaron secuelas y quisiera poder ir a la haciendaa obtener esa bendita agua para que se cure totalmente. Gracias por su atenmcion.

  2. Edmundo González Llaca | 8 Julio, 2009 a las 18:08

    Mi estimada Angélica, desde la muerte de Chaín me alejé totalmente de Tlacote y no te sabría informar. Ya van varias personas que me solicitan la misma información, te prometo que en la primera oportunidad me daré una vuelta. Gracias por escribir.

  3. Juan Altamirano | 2 Agosto, 2009 a las 21:55

    Durante varios meses yo estuve viajando a tlacote.
    Viajaba con personas de Puerto Vallarta que hiban a ese lugar a solicitar agua para curar sus enfermedades. Mi hija la mayor tenia 2 años casada y no podía concebir, tomó el agua de tlacote y al poco tiempo quedó embarazada. Asi que tiene un tlacotito.
    Mi esposa tenía un problema de quistes en los ovarios y padecia de endometriosis. Hibamos a tlacote y haciamos fila durante 4 o 5 dias para que nos dieran 2 botes de 20 litros, en enero hacia un frio tremendo y ahí lo resistiamos haciendo fogatas para calentarnos en las noches sin salirse nadie de su fila. todo mundo llevamos lonche porque no habia mucho que comprar para alimentarse. regresabamos a Puerto Vallarta y ella diario tomaba su agua, un medio vasito diario, porque pronto se terminaba. Hicimos como 5 viajes desde Nayarit en carros urbanos de Vallarta.
    Superó sus problemas y pocos despues ya no pudimos conseguir el agua porque se decía que medicos de Querétaro habian presionado al gobierno para que se cerrara la hacienda.
    Ese Sr. Chain ayudó mucha gente porque el agua no se vendia la regalaba.
    Ahora me pregunto y que fue de ese lugar? porque es cierto ahi nos tocó ver gente muy importante que llegaba, ellos si entraban en sus carrazos de lujo hasta dentro de la Hacienda. La verda la gente que hiba tenía mucha fe en agua de tlacote y en las filas que haciamos escuchabamos muchos testimonios de esa “MARAVILLOSA AGUA DE TLACOTE.

  4. Edmundo González Llaca | 3 Agosto, 2009 a las 17:05

    Don Juan, en mis visitas a Tlacote con Chaín fui testigo de más de un testimonio de los poderes curativos del agua. Cuando él salía a algún lado y lo tenía que esperar, me dejaba un montón de correspondencia y me decía: “Para que te entretengas mientras regreso”. Creo que todas las cartas eran para darle las gracias por el agua y para lo que les habia servido. REcuerdo que en una ocasión fue un locutor méxico- norteamericano acompañado por su esposa, él se negaba a decirle a Chaín para qué la quería, hasta que la Señora intervino y le dijo: “Es que ya no funciona”. Al día siguiente llegó la Señora y le gritab a a Chaín: “funcionó, funcionó”. Ante la mirada complaciente del esposo. Sin embargo, no soy científico, no podría asegurar si los poderes curativos son del agua o de la fe de los bebedores.
    Por otra parte, efectivamente Chaín no solamente regalaba el agua, sino que de su dinero puso instalaciones para mejor distribuir a los peregrinos. Varios lectores me han preguntado sobre qué pasó con Tlacote, le reitero mi compromiso de visitarlo y preguntar, lo que informaré de inmediato. Gracias por escribir. Edmundo

  5. Suza | 9 Octubre, 2009 a las 17:29

    Me encantó tu narrativa y todo lo mágico de esa historia; lamentablemente estamos tan contaminados, que esas cosas milagrosas no podrán llegar a nosostros— los ecepticos (cuastionables de todo lo intangible) pero.. la esperanza es un estado mágico. sigue… eres un transmisor de diversas realidades. (quien se atreva como Tú; tal vez lo tachen de loco y probablemente seas un feliz loco arriesgado. Gracias me hiciste imaginar.

Escribe un comentario

Páginas

  • 1 Curriculum Vitae
  • 2 Servicios Profesionales
  • 3 Investigación y Programa contra la Corrupción

Libros y publicaciones

  • A R T Í C U L O S
    • Amor
    • Cristo
    • Cultura
    • Erotismo
    • Futbol
    • Miscelánea
    • Muerte
    • Política
  • C O N F E R E N C I A S
    • Los inmigrantes en Querétaro
  • L I B R O S
    • Alternativas del Ocio
    • Corrupción. Patología Colectiva
    • De lo Cotidiano
    • El Jicote
    • El perfil del ciudadano en una democracia
    • Guía del Seductor
    • La Opinión Pública
    • Teoría y Práctica de la Propaganda
  • P U B L I C A C I O N E S
    • Almas Gemelas
    • Benito Juárez

Anuncios Patrocinados

Buscar

Deja tu e-mail:

Te informaremos cuando haya algo nuevo qué ver y qué leer. Si no hay nuevo contenido, no te enviaremos nada.

Diálogo Queretano

↑ Difundir Diálogo Queretano.

© Edmundo González Llaca · RSS Feed