Acceso a la información. La intimidad y su pesadilla
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Amorosos, la joven pareja de artistas decidió irse a un motel. Ya envueltos en el erotismo, que es imaginación y juego, decidieron filmarse. La pareja terminó su relación sentimental, en mi época los caballeros no tenían memoria, ahora son computadoras y además coleccionan videos. El “caballero”, decidió difundir la película de su compañera desnuda. |
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De inmediato encontró cómplices para su despecho y miseria personal, un canal de televisión y algunos medios impresos decidieron publicar las imágenes. Nací y vivo en Querétaro, donde forma parte de nuestro genoma la fascinación por el chisme. He sido un actor amateur, testigo profesional y me imagino que también víctima de rumores. Quizás de ahí provenga mi interés por el tema del acceso a la información, pero también mi preocupación por defender la privacidad a la que tenemos derecho. La intimidad es un espacio que poseemos todos y que merece el absoluto respeto de los que nos rodean, sean autoridades, medios de comunicación y hasta familiares. Ese lugar sólo tiene una llave y nos pertenece, nosotros elegimos a quien le permitimos ver, enterarse o pasar. Mientras no perjudiquemos a nadie en circunstancias normales, estamos a salvo de vigilancia y sanciones. Reitero en circunstancias normales, pues me acuerdo del chiste de la viejita que llama a la policía, acusando a su vecino por faltas a la moral. Al llegar al departamento el guardián del orden, la viejita le explicó: “El vecino se la pasa todo el día acostado, desnudo, y dale que das, en sus vergüenzas”. El policía se asoma por la ventana y dice: “No se ve nada”. La viejita le responde: “De ahí no se ve, pero súbase al ropero”. La humorada pretende también reiterar que la intimidad es sagrada, mientras no se dañe o corra riesgo algún interés individual o social. Si se investiga a un criminal serial y se sabe de un vecino que colecciona armas, por muy privada que sea su afición, la autoridad se mete con autorización judicial hasta la cocina del sospechoso. La trasgresión cotidiana y cada vez más agresiva a la vida privada de los simples mortales, creo que han tenido como acicate la exposición cada vez más intensa de los funcionarios; los placeres de la vida íntima en la existencia de los políticos son materia en extinción. Por dos razones principales. Primera, sus decisiones afectan a toda la sociedad, su comportamiento privado puede incidir en su quehacer político. El claro ejemplo de esto lo presenciamos hace unos días, un gobernador de Estados Unidos confesó su homosexualidad y decidió renunciar a su cargo. La segunda razón es que los ciudadanos esperan que sus gobernantes sean ejemplo en todo, no solamente en su actuación política, sino también en su comportamiento personal. Es necesario ponerle un alto a esta curiosidad desorbitada de la época moderna y proteger la intimidad de las personas. Los medios de comunicación deberían ser un valladar, pero esclavos del rating o del tiraje, no se tientan el corazón para invadir lo más sagrado y medrar con eso. Nuestras leyes son obsoletas, las pruebas complejas y las sanciones ridículas. Creo que el Instituto Federal de Acceso a la Información, debe hacer algo al respecto. Ya publicó un ensayo interesante sobre el tema, escrito por Fernando Escalante, pero se requiere que se comprometan más en la búsqueda de la solución de este problema. La transparencia y el acceso a la información son instrumentos de la sociedad democrática, pero en exceso son armas de los mercaderes y el autoritarismo. El Big Brother despliega su ojo hacia todos. PUBLICADO EL 19 DE AGOSTO DE 2004 | EXCÉLSIOR |
