Edmundo González Llaca

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4 de julio: ¿Las últimas elecciones?

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Artículo publicado en el periódico Excélsior el 01 de julio de 1982.

El mayor problema de todo gobierno es que al ejercer el poder sea reconocido como legítimo, lo cual exige añadir a la relación jerárquica entre ciudadanos y funcionarios el respeto y apoyo de los que obedecen hacia aquellos que conducen la actividad social. Uno de los elementos fundamentales para que los gobernantes reivindiquen la legitimación de sus actos es el ejercicio eficaz, honesto y responsable de la autoridad, de acuerdo con la voluntad y para beneficio de los gobernados.

La campaña de Miguel de la Madrid se insertó en un sexto año de gobierno en el que por segunda ocasión se devaluó nuestra moneda, mientras la carestía y la inflación golpean severamente a las mayorías. Crisis económica que los partidos de oposición han vinculado con un fracaso de los gobiernos revolucionarios, en todos los órdenes de la administración.

La incidencia de estos factores en la opinión pública llevó al candidato priísta a crear un estilo sustancialmente distinto respecto a lo que solían ser las campañas presidenciales en México. De la Madrid debió luchar no sólo para ganar el voto de la ciudadanía sino, antes que eso, para lograr la recuperación de la esperanza por medio de la participación ciudadana en el diagnóstico y solución de los problemas del país.

Las dimensiones con que se corporizó este esfuerzo son de por sí apabullantes: 100 mil kilómetros recorridos –casi dos vueltas y media al planeta- para presidir 2,400 reuniones, más de 1,300 alocuciones personales del candidato, 41 reuniones del IEPES con la intervención de 579 ponentes y 32 reuniones de los CEPES con otros 336 participantes, todos ellos representativos de distintos sectores y niveles de la actividad nacional. Durante nueve meses tuvo contacto personal con 10 millones de mexicanos, es decir una tercera parte del cuerpo electoral, indicador que refuta la tesis apocalíptica postulada por la oposición según la cual las instituciones de la Revolución y sus cuadros políticos han agotado su capacidad de respuesta.

Por eso no está en las cifras la mayor significación y trascendencia de la singularidad impresa por De la Madrid a su campaña. Valga observar que en todo este despliegue, él fue virtualmente el único interlocutor que confrontó la realidad, sin recurrir a los tradicionales jilgueros. Fue él quien absorbió las críticas y las demandas, y quien estableció los compromisos para su eventual régimen. En las soluciones incluyó no únicamente estrategias para resolver la problemática económica planteada en términos de eficacia, sino también aquellos elementos cruciales de la actual crisis: los de orden ético y político.

De esta forma, a la “descentralización de la vida nacional”, “desarrollo, empleo y lucha contra la inflación”, agregó, entre otras propuestas, “nacionalismo revolucionario”, “sociedad más igualitaria”, “pla………”

(…)

Mientras los demás partidos políticos gastaban su tiempo en atacar al PRI y al Gobierno, Miguel de la Madrid puso la mira en conocer y enfrentar la problemática nacional, recuperando sin teatralidades y con realismo el valor del discurso político; si pudiéramos sintetizar en una palabra el perfil de la campaña presidencial de Miguel de la Madrid, ésta sería coherencia. Coherencia entre su metodología, su diagnóstico y sus propuestas. Se podrá estar o no de acuerdo con él, pero lo cierto es que hoy todos conocemos cuál es su proyecto nacional.

El próximo 4 de julio el pueblo de México decide no únicamente una elección, sino el rumbo histórico del país. Como lo ha dicho el propio candidato priísta, es necesario, de una vez por todas, reorientar el curso de la nación, afectado por las enormes carencias que todavía padece el pueblo de México.

En este contexto, Miguel de la Madrid representa la última gran oportunidad de la Revolución Mexicana para conciliar la libertad con la justicia. Él es, en esta perspectiva, el único candidato capaz de fortalecer la unidad nacional, de ensanchar sus conquistas, de recuperar la legitimidad política de las instituciones civiles y de ampliar el pluralismo y la tolerancia, configurándose como el único líder nacional en condiciones de poner freno a las presiones de un vecino cada vez más agresivo.

Sin catastrofismo, que cada quien asuma su compromiso. Por mi parte, creo que no votar madura y conscientemente el próximo 4 de julio implica el grave riesgo de que éstas sean las últimas elecciones.

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