31 de agosto: Manipulación fallida
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| Artículo publicado en el periódico Excélsior el 02 de septiembre de 1982. |
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Durante su campaña, Miguel de la Madrid hizo del nacionalismo revolucionario uno de los remas fundamentales de su plataforma electoral. Hubo quienes, ante semejante prioridad, pensaron que se trataba de un mero recurso retórico. Al parecer, a la primera generación de estadounidenses nacidos en México no le gusta que le recuerden sus orígenes. Vayan estos datos para entenderlo todo: según una reciente encuesta realizada por el Instituto del Consumidor, el 50% de los niños mexicanos no identifica el escudo nacional mientras el 80% se sabe de memoria el logotipo de una marca de papas fritas de una empresa transnacional. |
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Es difícil saber si los padres de estos niños contribuyeron a difundir el movimiento de no hacer compras, ni siquiera de papas fritas, el pasado martes 31 de agosto. Lo cierto es que lejos de cualquier toma de conciencia nacionalista, un día antes algunos de ellos salieron a conseguir doble ración de “gansitos”, “totofritos” y “mexicana alegría”, para poder realizar el boicot desde sus casas, con sus “jeans salvajemente ingleses” y haciendo la “prueba del añejo”. Todo lo anterior cuando lo trascendente es revisar profundamente nuestros hábitos de consumo y evaluar hasta qué punto la publicidad que por todas partes nos acomete con sus exhortaciones de “beba…, fume…, coma…, úntese…, póngase…, saboree…, chupe…” han condicionado y transformado nuestras necesidades, sentidos y hasta valores patrios. Sería alentador que ante una situación de crisis como la que padece el país y que requiere de la cooperación, de todos los sectores, los consumidores se organizasen efectivamente para oponer a la especulación comercial el derecho de no comprar, tomando conciencia de que no existe una división tajante entre productores y consumidores. De este modo, un movimiento de resistencia de la población podría contribuir no solamente a reorientar el aparato productivo del país sino también a defender nuestra identidad nacional de las mareas mercantilistas que la socavan. Sin embargo esto no fue lo que se intentó el 31 de agosto, por más que muchos hayan querido ingenuamente creerlo así. La experiencia de los movimientos de consumidores en otros países enseña que éstos indican claramente qué productos específicos y por qué no se deben comprar; indican también, fundamentalmente, que todo llamado responsable a un boicot de esta índole no se oculta en las sombras ni en la clandestinidad. Aprovechar, en cambio, el malestar de la población causado por la crisis económica, para tratar de promover un presunto apoyo social a los rumores desestabilizadores es algo muy distinto a un movimiento de resistencia contra la voracidad empresarial. Qué bueno que las difíciles circunstancias nos obliguen a todos a reconocer que ya no es posible llevar una existencia aislada, egoísta, ávida, exclusivamente de satisfacción material, sino que la felicidad la lograremos en el descubrimiento y conquista de lo que somos, en colaboración y entrega con los que nos rodean. Pero entre la participación necesaria y la manipulación hay una gran diferencia: la que se intentó encubrir el 31 de agosto, la que va de los defensores del escudo nacional a los adoradores de las papas fritas. |
