Edmundo González Llaca

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2003. Mi primer propósito

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Jano es un dios de la mitología romana. Se le representaba con dos caras opuestas, una que mira hacia delante y la otra hacia atrás, aunque también se le dibujaba en forma de puerta, un lado que mira hacia dentro y el otro hacia fuera. Jano tenía su buena fama, pues se suponía que veía las cuestiones por todos lados.

Tal vez por este motivo el primer mes del año se le honra con su nombre, january, en inglés, enero, en español. Enero todavía ve al pasado, pero también vislumbra al futuro.

Mi memoria es corta, si cierro los ojos y pienso en el 2002, lo que recuerdo son esos días frenéticos en los que recorrí los grandes centros comerciales, los llamados “mols”, para comprar unos cuantos regalos y cambiar prácticamente todos los que me dieron. Afortunadamente mis familiares saben que soy muy quisquilloso con lo que me dan y me adjuntan la nota correspondiente. Para ellos esta práctica le quita cierta magia al regalo, para mí le da realismo y, sobre todo, comodidad. Han optado porque que yo sepa cuánto les costó el obsequio a que les dé el roperazo para la siguiente navidad, pues además siempre se me olvida quien me dio qué.

Al llegar al “mol” empezaba a recorrer los pasillos lentamente, deteniéndome, ya no digamos en los aparadores de lencería fina, los más socorridos, sino hasta en los de vestidos de mujeres embarazadas. En suma, me sumergía gozoso al pleno ejercicio de esa hermosa y muy socorrida costumbre mexicana de “tragar camote”. De pronto, no sé que me pasaba, tal vez era contagiado por la prisa de los otros lummings y me ponía a correr igual que ellos, pero no como las ratitas para lanzarme al vacío, que no deja de tener cierto encanto, sino simplemente para entrar a cualquier tienda, aventar la tarjeta al mostrador y empezar a buscar, cualquier cosa, simplemente alguna oferta.

Creo que la filosofía sirve para todo, cuando me venía un acceso febril de esos, en los que me ponía peor que Sergio Andrade, encerrado en un departamento en Copacabana con cuatro cueros, recordaba para tranquilizarme a Sócrates. En una ocasión sus discípulos, cansados de la austeridad del maestro, deciden llevarlo a recorrer el mercado de Atenas, que era una especie de Santa Fe, pero a lo bestia. No solamente vendían especias, ungüentos, telas, animales, sino hasta animales racionales, ergo, esclavas y esclavos. Al terminar los discípulos le dijeron que traían billete y que les pidiera lo que quisiera, Sócrates simplemente dijo: “¡Qué de cosas que no necesito!” Y se retiró.

No hay duda de que salvo la lujuria, que es el pecado más interesante, la sociedad de consumo fomenta todos los demás. La soberbia ni se diga; la envidia, con su baba verde, por supuesto; la ira, reacción obligada al pagar los precios; la gula, por el hambre de todo que provoca el comprar y, finalmente, la pereza, resultado de un ajetreado día de “chopping”.

No es posible que el mundo siga así: por un lado, todos convertidos en “toxicómanos” de la energía y del consumo, por el otro, los norteamericanos poniéndole el freno de mano a la economía y a la producción. Esto va a tronar como mercado veracruzano, si pagamos costos más altos para mantener nuestra falsa opulencia, vamos a quebrar, si los norteamericanos abren la puerta a la expansión de sus productos y mercados, lo que vamos a quebrar es a la naturaleza. Mi primer propósito de año nuevo será fomentar mi cultura de conservación de las cosas, de frugalidad; la vida simple. Empezaré por preguntarme ¿Realmente qué necesito? Como estoy pensando y la lista se me empieza a alargar, mejor luego les platico.

PUBLICADO EL 09 DE ENERO DE 2003 | EXCÉLSIOR

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