14 de febrero, Guía del Seductor
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Todo empezó en una cantina hace siete años. Como toda conversación que respete uno de los últimos santuarios del machismo, abordaba a las mujeres, sin eufemismos, “las viejas”. Mis paisanos queretanos, todos pertenecientes a la “sub sesenta”, pregonaban hazañas de alcoba con más facilidad que candidatos promesas de campaña. De pronto, uno de ellos, reconoció que últimamente había padecido el bochorno del ánimo caído. El silencio cubrió con su denso manto la mesa y todos bajaron la cabeza desmenuzando el contenido de sus platos, pero sin comer nada. El torneo de presunciones terminó en un acto de contrición y confesiones generalizadas de los fracasos. |
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La conversación derivó en un intercambio de “tips” para fortalecer el entusiasmo agotado, todos ellos químicos mágicos que pueden recuperar la dignidad, pero con riesgo de morir colorado de la vergüenza por la baja reputación del lugar donde se encontraría el cadáver. Ante las dudas de lo saludable que era utilizar el producto sugerido por Pelé en la televisión, me atreví a intervenir en la conversación. El deseo, empecé pontificando, es patrimonio de la imaginación y no del cuerpo. Su problema puede ser más neuronal que hormonal; no es el viagra sino la literatura el mejor afrodisíaco. No había terminado la frase cuando ya todos estaban armados con pluma y servilletas demandándome bibliografía. La realidad es que no soy un lector de novelas eróticas y tuve que salirme por peteneras: “No vale la pena que les dé títulos, en las librerías hay secciones completas”. Salí corriendo para ser el primer comprador y prepararme para su próximo inminente interrogatorio. Sentía el compromiso de un seleccionado a punto de tirar el penalti en la final del mundial de fútbol, no podía fallarles, pero había muchas probabilidades de hacerlo, pues no soy un gran aficionado a las novelas y menos a las eróticas. Recordaba algo de “Relaciones Peligrosas” “Trópico de Cáncer” y “Lolita” sobre todo, mi desilusión de adolescente al no encontrar nada que me quitara el sueño o que me hiciera soñar. Leí apresuradamente anaqueles completos de la nueva literatura erótica, avalanchas de sexualidad que me dejaban con el rostro más impávido que Derbez escuchando la queja de los cubanos. Realmente ya me empezaba a preocupar, cuando encontré una entrevista de Mario Vargas Llosa, en la que defendía la hipótesis de que no hay gran literatura erótica, lo que hay es erotismo en grandes obras literarias. En otras palabras, la literatura erótica debe estar integrada en una circunstancia vital más amplia. Vargas Llosa describe elegantemente una evidencia, simplemente porque lo erótico está vinculado con el ritual; porque lo erótico es el ingrediente intelectual de la cópula biológica. Lo pornográfico es precisamente lo contrario, el sexo sin contexto. En fin, me puse escribir para mis amigos. Se trata de un libro erótico. Uno de aventuras tiene el propósito de transportarnos a otros mundos; uno de amor, contagiarnos de esa emoción; un libro erótico debe tener una dimensión artística que nos conduzca al goce de la sensualidad y aumente la presión arterial del lector. Se lo di a mi amigo, al que veía más urgido. Nunca me comentó nada, hasta que un día me encontré a su esposa y me dio las gracias. Yo no sabía por qué, hasta que me explicó: “Se lo pongo desde el jueves en el buró”. Es la mejor recomendación. Debo agradecer a mis amigos La China Mendoza y a Lazlo Moussong su estímulo para publicarlo. Se llama: “Guía del Seductor (con un ejemplo práctico)”, lo edita Plaza Janés, y apúrese a comprarlo. Publicado en Excélsior el 23 de febrero de 2006 |
